
Caminantes, su nueva serie, bien podría ser una película de dos horas, si le quitamos los créditos, y el capítulo complementario (un divertido e interesante making off dirigido por Borja Crespo) o al menos da una idea de lo que podría haber sido un largometraje de terror en esos inicios de la carrera del director. La diferencia es que, aunque no haya mucho presupuesto, hoy por hoy, tenemos detrás a un director lleno de recursos e ideas y esto se traduce en una versatilidad de puesta en escena muy poco común en el algo olvidado formato de found footage. Aquí, el metraje encontrado se compone básicamente del material de vídeo de los móviles y el dron de un grupo de peregrinos adolescentes del camino de Santiago. El único salto sobre ese patrón se produce con la inclusión de algunos fragmentos de telediarios ficticios de los 90 —logradísimos en su textura y representación de un noticiario local— que nos dan una información de apoyo con la que podemos ir llenando huecos en el misterio.

Y, en efecto, Caminantes no trata de reinventar nada pero propone algo inédito en la televisión española, no solo por el envoltorio de microepisodios rodados con cámaras de iphone, sino por las temáticas del cine de terror con las que juega. El cine español no terminó de subirse a la ola del regreso de los 70 al género de los años 2000 y pese a que hubo algunas muestras, como El rey de la montaña (2007) o Paintball (2009), nos faltaba un verdadero conector con las raíces rurales de nuestra geografía que tuviera la audacia de ir algo más allá al proponer ideas más radicales y con un toquecito de componente fantasioso. Serra lo logra precisamente con una sutil conexión con su Bosque de Sombras, que deja un amplio cuaderno de bocetos para reimaginar la Selva de Irati como un lugar de peligros afines a filmes de supervivencia menos populares que Deliverance, pero con un manejo del terror invisible más sofisticado, desde Southern Confort (1981) a Rituals (1977).

Es por ello que, si bien Caminantes no es un evento de terror llamado a cambiar las tornas del género, ubicándose en corrientes que no son necesariamente frescas, llena un hueco muy importante en la cinematografía española de forma excepcional, reactivando el formato gracias a referentes del cine salvaje como Wes Craven, Neil Marshall, Rob Schmidt o Alexandre Aja, con una planificación metódica y una vocación frenética de acción constante, gran uso de la geografía y la profundidad de campo —los planos en el bosque lleno de niebla dan un carácter gótico inesperado y hermoso— y con un interés por llenar los espacios vacíos que no entra al juego del relleno tan habitual en los herederos de Blair Witch Project (1999), con homenajes a cierto episodio muy perturbador de X-Files (1993-) y alguna saga reciente de muchas entregas, que convierten la miniserie en un perfecto condensado de varios clásicos del terror resueltos con un ritmo vertiginoso, buenas actuaciones de un reparto juvenil y un catálogo de crueldades, con un uso escalofriante de los filtros aumentados de snapchat, que gustaría al Rob Zombie más enajenado.











