El refrán quien mal empieza, mal acaba suele tener una fidelidad con la realidad casi incontestable, pero a veces, en el cine ocurren los milagros y un gran final puede salvar toda una película. En el caso de The Walking Dead, la cosa se cumple a menudo, y esta séptima temporada lo demuestra por los pelos. El hecho de que los finales tengan mejor estructura que la mayoría del resto de capítulos, en el caso de las últimas temporadas, atiende a una manera de dividir sus raciones de interés que atiende a una estrategia que se ha destapado en otras temporadas, pero que en la séptima ha alcanzado cotas de ridículo casi desafiante para los fans.
Normalmente, casi todas las temporadas de la serie han pecado de tener una mitad más floja y otra excelente. Así fue desde la segunda, cuya mitad final se encuentra entre lo mejor de la serie, o la cuarta, cuya catastrófica inclusión de una enfermedad hizo buena criba de paciencia entre fans. A nivel personal, la que más equilibrada se encuentra es la quinta, con un crescendo de calidad en la serie inaudito que llega hasta el mejor episodio de la serie desde el piloto, el mid season de aquella. A partir de ese momento se muestra un interés corporativo por estirar situaciones, tomar una idea y decorarla y dar vuelta sobre ella sin realmente hacer avanzar la acción, de modo que puedan sostener el concepto principal de la temporada durante una o dos entregas. El punto más bajo de esta estrategia se ve en el macabro juego de a quién mató Negan que por si no fuera estúpido de por sí, se estiró aún más en el deplorable primer episodio de la séptima.
Tan claro queda eso mismo, que los siguientes episodios reproducían una y otra vez las amenazas de Negan, la misma situación contra las cuerdas en bucle, desgastando tanto a los aficionados que las pérdidas de audiencia de una serie habituada a los récords han sido devastadoras. Lo peor del saldo es que el villano definitivo, la gran creación de Robert Kirkman, se ha ido convirtiendo poco a poco en una caricatura de sí mismo que a menudo resulta sobreactuado e irritante. Por suerte, la segunda mitad de la temporada ha sido fiel a su tradición y ha conseguido ir mejorando con una serie de episodios de transición necesarios, que sin haber llegado a ser espectaculares (salvo el episodio 9) han ido tejiendo la estructura de un futuro campo de batalla más que prometedor.
La operación se salda con un resultado de más episodios malos o mediocres que ninguna otra temporada, pero el muerto aún respira. Aunque aún no se ha aprendido la lección a la hora de ejecutar un final compacto y eficiente. «El primer día del resto de tu vida» es largo y estira su planteamiento durante los primeros 45 minutos, que más allá de algún momento interesante con Sasha, con una estructura de narración curiosa con flashbacks de Abraham, se repite como el ajo arriero. Da la sensación constante de que todo el plan que se organiza y lleva a cabo en este episodio se podría haber ido planteando antes, de tal manera que el episodio final dejara menos espacio para el planteamiento y más para la resolución que se acelera durante los últimos veinte minutos, dejando el espectáculo comprimido a unos minutos, que vale, emocionan y valen la pena.
Se puede decir que en los últimos treinta minutos del episodio finalmente sale toda la temporada 7 reprimida que había dentro de ella. La obvia convergencia final de personajes y tramas justifica el corte en rebanadas de cada campamento durante la temporada 7B pero sigue sin compensar la insoportable desaceleración de la primera mitad de la temporada. Es frustrante encontrar que una serie con el potencial de ser un clásico afloje el ritmo sin reconocer el propio valor de sus logros, evitando siempre dar el espectáculo que el nombre de la serie merece. Uno de los ejemplos de esos momentos de pura maravilla, y que hacen olvidar que es “solo una serie de zombies” es ver a Shiva comerse a un gran hijo de puta. El tigre CGI sigue siendo convincente en la pantalla (al menos más que el famoso ciervo) y resulta un buen complemento para el rey, cuya interpretación no es de lo más reseñable de la temporada. Básicamente se dedica a decir cualquier cosa con los ojos muy abiertos y el semblante hierático.
Hay material para una gran temporada ocho con la que podrían intentar conducir a la serie hacia su final. La fórmula tiene cierta fecha de caducidad y se empieza a notar la fatiga en sus creadores. El tono serio y sin apenas humor, de puro drama va funcionando menos y la serie se acerca en ocasiones a la autoparodia involuntaria. No creo que los que quieren que la serie acabe con dignidad y sugieren terminar con ella inmediatamente sean realistas o justos con uno de los mayores fenómenos televisivos de la década. Es cierto que Los ticks de algunos personajes son marcas de agonía que indican la necesidad de un cambio de planteamiento, o al menos, que los guionistas se tomen un buen tiempo durante el hiato para realmente descubrir cómo entregar a personajes como Negan un ángulo digno del carisma del personaje del cómic y del innegable talento de Jeffrey Dean Morgan.











