‘The Dead Don’t Die’ (2019) review

103 minutos
Estados Unidos
Inesperadamente lírica, extraña y fúnebre, The Dead Don’t Die quizá no sea tan divertida como prometía, pero nos da un sincero homenaje al cine de George Romero que brilla en la alegoría de su época y sus estampas silenciosas de una América rural poblada por cadáveres vivientes, abusando del chascarrillo meta pero también con humor extravagante y absurdo, destinado a dejarte pensando en ella mucho tiempo después de verla.
2019
6
Valorado con 6 de 10
dead_dont_die_2019

Hace más de cincuenta años Night of the living Dead (1968) dio la vuelta al cine de terror y convirtió sin saberlo al zombie en el monstruo definitivo del siglo XXI. No solo definieron los temores del mundo post 11-S sino que se convirtió en un fenómeno de cultura pop que se contagiaba como las epidemias que propone su apocalipsis. A punto de acabar la segunda década del siglo, el muerto viviente se resiste a morir y sigue generando contenido en televisión y, en menor medida, en el cine. Resulta bastante elocuente el título de la nueva película del pope del cine independiente Jim Jarmusch para explicar por qué los muertos no mueren.

The Dead Don’t Die se encarga constantemente de recordarnos que hay una canción que lleva ese título hasta que el personaje de Bill Murray se harta y pone de manifiesto lo que pensamos todos los espectadores. Jim Jarmusch llega un poco tarde a la movida zombie, que lleva tratándose de reinventar desde el ocaso de su popularidad, ejemplificado de forma cristalina con la caída a los infiernos de la serie The Walking Dead. Quizá por ello su cinta no es tanto una comedia convencional de género como Shaun of the Dead (2004) o Zombieland (2009) y, aunque, como esta última, tenga a Bill Murray en su reparto, sus intenciones son muy diferentes.

Y es que el humor de The Dead Don’t Die es tan epidérmico y abstracto que podría llamarse postcomedia, más contemplativa y absurda que graciosa en sí misma. De hecho, puede decirse que es más una película de terror tradicional que una película que pretenda hacer reír, aunque tampoco sería preciso. Es más bien una narración de género, entre lo paródico y lo melancólico que toma el contraste del costumbrismo rural norteamericano con la existencia de cadáveres que vuelven a la vida.

Planteado casi como un evento indie coral, la presencia del “mejor reparto zombie de la historia” supone casi un festival de cameos sin demasiada justificación más allá de rodar una pequeña película de género casi entre amigos, lo que lleva a pensar que, en efecto, la idea de Jim Jarmusch de hacer una cinta de zombies le lleve a pensar que puede hacer lo que quiera en ella, porque, al fin y al cabo, es fantasía y se puede hacer casi cualquier cosa en ella.

Puede que sea esa lógica la que le lleve a plantear algunas bromas meta, rompiendo las reglas de la ficción con los actores en algunos momentos que no molestan demasiado, pero que evidencian —sobre todo al estar situados al final— que no tenía un plan de cierre demasiado macerado, además, permite que un par de vueltas de tuerca —una de ellas sacada directamente de la serie Fargo— lleven el film a un punto histriónico que, en realidad, no cuaja con las mejores partes que había logrado ofrecer hasta esos momentos.

La mayoría del metraje de The Dead Don’t Die se dedica a describir el encanto de un pequeño pueblo, una población reducida con rutinas, caras que se conocen de toda la vida y personajes con los que podrías tomar una cerveza sentado en un taburete, mascando una espiguita de trigo mientras miras a la carretera y comentando el tiempo. En esa exploración del vecindario se va incorporando un constante diálogo con la cultura pop zombie creada por Romero, analizando paso por paso las reglas en forma de apuntes de unos y otros, generando un humor absurdo que en el fondo tiene un fondo cálido de fascinación y adoración por el género que trata.

Casi como un advenedizo, Jarmusch no hace alardes y maneja el terror como sabe, utilizando un manejo del sonido bastante inquietante, que recuerda al uso de la música de archivo de las viejas películas de horror de los cincuenta que Night of the Living Dead reciclaba. El resultado es que deja claro que no es tan fácil hacer una película de terror, ni mucho menos mezclarla con comedia, pero de una forma u otra, sí que deja un buen puñado de momentos que vuelven a colocar al zombie como una criatura capaz de transmitir escalofríos en la compulsión repetitiva de sus movimientos, que nos recuerdan que hubo un humano dentro.

Calles residenciales llenas de oscuridad y siluetas, manos saliendo de sus tumbas, caras agolpadas frente a cristales. No todas las apariciones de muertos vivientes son motivo de chascarrillo, y Jarmusch le gusta juguetear con el tono oscuro, pese a los momentos de puro surrealismo. Probablemente es porque denota, dentro del cachondeo con el que parece que se ha tomado el proyecto, que adora el cine de Romero y no para de hacer pequeños gestos, como hablar de gules, tal y como le gustaba llamar a sus criaturas al de Pittsburgh, o utilizar el mismo modelo de coche de la película original.

Hasta tal punto que el diseñador de producción se preocupó en encontrar fotos en color del rodaje de la película de 1968 para recrear el mismo azul verdoso. La memoria de los zombies se utiliza de forma no muy diferente a como la usó Romero en sus últimas tres películas, aunque no aprovecha al 100% las posibilidades de sátira que ofrece. Se examina la compasión por los familiares, las reglas de resurrección, el recurso periodístico de las fake news, las razones gubernamentales, los personajes americanos racistas de pura cepa, los héroes negros… incluso hay una construcción de tableros para que las manos salgan como en Night of the Living Dead.

The Dead Don’t Die no va a satisfacer del todo a casi nadie, ya sea por la improbable promesa de su reparto y el rockero tráiler, que no refleja nada el tono que va a desarrollar el film, pero sí que consigue sorprender, logrando unos cuantos momentos excéntricos difíciles de encontrar en una película de muertos vivientes al uso o en cualquier película que no venga firmada por el director de Dead Man (1995).

Night of the Living Dead hizo por el cine independiente en los 60 lo que Reservoir Dogs (1992) hizo en los 90 y Jarmusch le debe mucho de sus posibilidades como cineasta, por ello su genuflexión es entrañable, cálida, extravagante e incluso ocasionalmente inquietante. No va a cambiar el mundo de las comedias de terror pero quedará como un rara avis sin muchos precedentes, que no es todo lo divertida que debería pero que deja un poso que dura más días de lo que uno espera, creciendo en la memoria como una tranquila canción americana que no puedes sacarte de la cabeza.

Curiosidades sobre la película

Dentro de poco tendremos algunas curiosidades

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