Que el cine fantástico que consumimos en la década actual tenga mucho de cómic book y que los blockbusters sean, prácticamente de forma unánime, variaciones y derivaciones de la cultura de los superhéroes es una realidad. Lo que a veces no tenemos en cuenta es el camino que se recorrió hasta llegar hasta este momento particular en el mundo del entretenimiento, cómo el reino perteneciente al cine de culto dio el salto al gran público. Lo que sí está claro es que el paso de gigante dentro del subgénero fue gracias a un director de cine de terror. Sam Raimi, un icono y experto en realizar la lógica de las viñetas en pantalla. El pistoletazo de salida de Spider-Man (2002) supuso la reabsorción de otros realizadores asociados firmemente al mundo del horror al mundo de los tipos con mallas.
Si ya Richard Donner continuó su carrera tras The Omen (1976) con una de las grandes películas de superhéroes de todos los tiempos, Superman (1978), no sorprende que el director más deseado de la franquicia Marvel sea James Gunn, guionista de la rompedora Dawn of the Dead (2004) y director de Slither (2006). Zack Snyder dirigió aquel remake de Romero antes de reiniciar el universo DC y ahora le ha pasado el testigo a James Wan, maestro del terror de los 2010 y a uno de sus discípulos aventajados, David F. Sandberg.
Con solo dos películas en su haber, Sanberg puede presumir de haber hecho el mejor de los spin offs del “universo Conjuring”, Annabelle: Creation (2017), una secuela muy superior a su original que mostró una mejora en la dirección alucinante en comparación a su debut, Lights Out (2016). Ahora, en Shazam! revalida su creatividad tras la cámara y demuestra que, además es capaz de inyectar corazón a su pericia técnica.
Y es que, con mucho que ver con su anterior película, Shazam! trata, sobre todo, sobre el poder de unión entre los olvidados e inadaptados, sobre familias atípicas que se encuentran entre ellos y forman lazos más valiosos que cualquier vínculo sanguíneo. No es ninguna coincidencia que Annabelle: Creation transcurriera en una casa de acogida —con la misma actriz haciendo de hermana mayor, y uno de los personajes principales con muletas— y que en ambas películas el mal se acerque a los personajes como representación de sus propias ansiedades.
Es muy probable que la campaña de promoción y los primeros adelantos de la película hicieran pensar en una comedia disparatada llena de vaciles a otros superhéroes de DC y con bromas meta y faltonas que hicieran de Shazam! el personaje incorrecto que hiciera las veces de Deadpool para el universo de Batman y Superman, pero lo cierto es que esa parte —que la tiene— es solo uno de los rasgos del personaje, puesto que, en realidad, lo que hace la película es meternos en la mente de un chico de 14 años, y por ese contraste surge el humor, no tanto por la ruptura de la cuarta pared o la complicidad con el público a base de referencias a la cultura pop.
La narración de Shazam! es más bien clasicota, retro incluso, puesto que establece muy bien sus puntos de partida y su desarrollo de personajes, tomándose su tiempo para explicar quiénes son tanto los protagonistas como el villano, presentado de una forma sorprendente que rompe un poco las convenciones de película de orígenes y lo conecta de forma orgánica con el propio nacimiento del héroe. Algo que da pie, por otra parte, a desarrollar a una némesis que impone, que da verdadero miedo cuando se nos muestra su poder de venganza, equilibrando muy bien el patetismo trágico y la falta de sentimientos en la encarnación soberana de Mark Strong, legítimamente el mejor villano de DC con mucha ventaja.
Además algunas de las encarnaciones del mal dan lugar a la exposición de monstruos realmente alucinantes, entre sabuesos de Gozer de Ghostbusters (1984) y gárgolas de la película de culto de los 70 o criaturas de otro tiempo invocadas a través de un Necronomicón, con la presencia de símbolos arcanos y una referencia directa a In the Mouth of Madness (1994) de John Carpenter que muestra que Sandberg tiene un conocimiento del mundo del terror de grado senior y una voluntad firme de asociar su película con el mismo.
No faltan, pues, viajes dimensionales a través de puertas que recuerdan tanto a la entradilla de The Twilight Zone como a los portales de House (1986), sin mencionar toda la primera secuencia en los 70, que parece una mini historia de la cripta o un relato de antología de Amicus, o detalles que parecen sacados de The Midnight Meat Train (2008) de Clive Barker e incluso un clímax de feria con ecos, en serio, a Ghoulies II (1988).
Por supuesto, el tono general no es tanto de terror como de aventura fantástica, aunque mucho más parecido a una película del estilo de los 80 que a cualquier cinta de superhéroes actual. Sí, la propuesta referencia directamente a Big (1988), incluso con un gag-homenaje muy bien encajado, pero el tono es el de una obra de Robert Zemeckis de la etapa Back to the Future (1985) o Joe Dante de Gremlins (1984), con una parte final muy Adventures in Babysitting (1987) e incluso, volviendo a Donner, The Gonnies (1985).
Aunque más que rescatar momentos de aquellas, asimila su capacidad de fascinación por la magia, por el contraste entre la adolescencia y el descubrimiento de una fantasía, conectando inmediatamente con los propios anhelos del niño que reside en cada espectador, respondiendo a la pregunta ¿Quién no ha querido ser nunca un superhéroe? de la forma más divertida, tierna y fresca posible. Algo con lo que en Spider-Man: Homecoming (2017) —a la que devuelve la pelota en los créditos, Ramones mediante— se traficaba pero que quedaba lejos por su insistencia en querer parecerse a John Huges primero y luego desarrollar ya una película.
En Shazam! hay sinceridad contagiosa, que consigue ser desternillante y cálida sin resultar burda o ñoña, un sentido de la maravilla que se revuelca en la ingenuidad camp de los tebeos con una autoconciencia siempre en el límite de la parodia pero nunca fuera de la honestidad en el relato de su personaje, Billy, un huérfano en busca de su madre que ejemplifica el abc del paso a la edad adulta, con la rabia rebelde del incomprendido que camina entre la idiotez adolescente y la nobleza naif del héroe cinematográfico.
Tampoco se quedan atrás los personajes secundarios, con un Jack Dylan Grazer confirmando por qué el reparto de IT (2017) ha calado en la cultura popular y alguno de los niños de la casa de acogida, que dan ganas de adoptar. Sandberg saca pura magia de sus protagonistas, los ama y consigue que los amemos sin caer en el cinismo fácil. Un poco a la manera que Shane Black combina sus personajes infantiles con héroes, muy al estilo de Last Action Hero (1993), conectando además, con su categoría de película navideña atípica.
Sus más de dos horas no se hacen pesadas, tiene un ritmo prodigioso lleno de pequeños gags dentro de un guion sembrado, un tono festivo infeccioso que deja espacio para el drama —sorprendentemente duro en ocasiones— y a las escenas de acción, menos aparatosas y sobrecargadas de CGI que la media de Warner e incluso que Marvel, y más con los pies en la tierra, demostrando que la efectividad de los golpes depende más de la integración y la planificación que del renderizado.
Shazam! nos recuerda por qué nos gustaban los superhéroes de críos, y a pesar de que pueda parecer una parodia, entiende qué haría un niño de 14 años con superpoderes mejor que cualquier película que lo haya intentado antes. Lo mejor que se puede decir de ella es que será de culto para los chicos de 11, 12 o 13 años que la vean hoy, y ellos serán los que mañana jugarán en el patio de colegio diciendo a gritos SHAZAM! para transformarse, en su imaginación, en un payaso con superpoderes con la cara absurdamente hilarante de Zachary Levi, como muchos niños de los 80 lo hicieron con The Greatest American Hero (1981-83), con la diferencia de que esta tiene monstruos, oscuridad, fantasía y un prodigioso timing para la comedia.








