Ambas narran una historia de amor diferente, pero Déjame entrar contrastaba el núcleo de la historia sobrenatural con una representación del bullying como trasfondo contextual que desplaza a su protagonista humano de la “normalidad”. Es ese factor lo que le acerca al ser monstruoso, el vampiro asexuado, como atracción entre lo marginal. En Border no hay más elementos que la deformidad física y el aislamiento social asociado como tejido conectivo de lo diferente, y plantea, de nuevo, una historia romántica que va más allá del estudio de lo marginal y utiliza la catarsis del autodescubrimento como verdadero motor narrativo.

La película de Ali Abbasi tiene un ritmo apagado, que deja espacio para observar de cerca mientras los protagonistas respiran, pero siempre está en movimiento, siempre interesa y avanza gracias al conflicto de Tina, una agente de aduanas, aparentemente distinta a todos, que tiene una serie de características sorprendentes, que la alejan de todas las personas que conoce. Entre ellas, un olfato prodigioso que puede captar los estados de ánimo de las personas, desde el miedo a la vergüenza. También está especialmente conectada con la naturaleza y determinados animales, y es en esa manera de relacionarse con su entorno en donde encontrará las pistas para descubrir más sobre sí misma. La aparición de un hombre que su olfato no puede decodificar le llevará a una senda romántica inesperada que le enseñará muchas cosas sobre su pasado al mismo tiempo que el espectador va aceptando orgánicamente las sorprendentes revelaciones que se van sucediendo sin pausa.
Sin embargo, en ese tramo el que más interés suscitará entre los fans del horror, ya que el giro oscuro que va tomando se enriquece de las leyendas del folklore nórdico más fascinante, con algunos momentos que podría haber firmado el Cronenberg más atrevido. Si The Shape of Water idealizaba —y estilizaba— el amor monstruoso y lo llevaba al terreno del cuento de hadas, Border hace exactamente lo contrario, llevando a los protagonistas de fábula al terreno de la realidad, mediante la descripción cruda, sucia y hasta escatológica de la relación, pero en ambas casos con las mismas intenciones; dibujar una preciosa oda a lo diferente que conecta con los clásicos del género que se ocupaban más de desmenuzar el carácter trágico del monstruo como ser ambivalente, empatizando con su drama y mostrando el horror que crean de forma ambigua. De Frankenstein (1931) a Freaks (1932), el arquetipo original del cine de terror es transferido aquí a las formas del drama intimista contado de forma insólita, pero en el fondo en la misma categoría.
Pero donde realmente conquista es en su naturalidad para sacar belleza de lo extraño, en su narración sin prisas permite que los planos hablen por sí mismo dejando un aura lírica que no se encarga de restregar a la cara del espectador. En su retrato de lo marginal deja apuntes que hablan de la actualidad sin exponerlo en la pizarra, desafiando las convenciones de lo aprendido con detalles de fantástico que llegan a hacernos replantear ideas incluso contiguas a los axiomas LGTBI de manera que insinúan cintas como Pieles (2016) pero que no soñarían con hacer de forma tan elegante y natural. Border es todo un viaje, inclasificable, sobrecogedor, bello, repugnante, extraño, tierno, sorprendente, rico y transgresor. Una cinta de fantástico heredera del horror clásico que se postula como una experiencia única, que de haber sido estrenada en Sitges, a final de año o en Netflix podría haber agitado las redes pero parece que será relegada a los paladares más curiosos por las rarezas exquisitas, algo que no afecta para ser la primera candidata seria de 2019 a entrar en el top de lo mejor del año.








