Guadagnino actúa como un músico de jazz y toma las notas de la original para improvisar y probar, hacer su idea de película de (no) terror mientras se permite ofrecernos muchos detalles visuales de virtuoso. Es imposible negarle una gran concepción visual, el conseguido ambiente gris y deprimente de ese Berlín sacado de Possession (1980) de Zulawski —que cita en no pocas ocasiones— y un plantel de interiores robado de alguna película de Fassbinder. Muchos planos parecen obras de Balthus en movimiento y la paleta de tonos apagados y marrones desgastados suponen un mayor intento de huida consciente del arcoíris original y más un acercamiento a Mother! (2017) de Aronofsky.
Una set-piece de danza macabra y dos secuencias de sueños cortadas con bisturí y editadas como recuerdos y pesadillas de Don’t Look Now (1972) nos hacen pensar que el artefacto va como un misil hacia el limbo de lo mejor del año. Pero llegado el ecuador de sus siete capítulos (seis, más un sonrojante epílogo) —que parecen más bien volúmenes de tomo y lomo— uno se empieza a preguntar si realmente toda la parafernalia que envuelve el metraje tiene alguna intención más allá de proyectar filias e intenciones del director sin un hilo conductor que nos genere algo de intriga.

No hay misterio en Suspiria, porque decide mostrar todas sus cartas desde el principio y el aquelarre de brujas se acaba convirtiendo en un día a día casi costumbrista. Asistimos a cenas y reuniones de las mujeres en las que discuten el destino de las alumnas, quienes, llegado el final, no nos queda claro si viven plenamente conscientes de vivir en un lugar lleno de magia negra. No hay sensación de maldad en el aire, no hay atmósfera de lugar maldito, no hay nada, en definitiva, que nos despierte la sensación de oscuridad inalcanzable que existen tanto en la original, como en el puñado de referentes (Polanski, Kie?lowski) que Guadagnino parece tener como prioridad antes que Argento. En su lugar, hay subtramas eternas de historias de amor truncadas por la guerra, subtextos sobre la culpa de Alemania, la lucha antifascista el empoderamiento, los dos feminismos, guerra de poder, el comunismo, el perdón… todas ellas subrayadas y machacadas de forma redundante y constante.
La idea de ambientarla en el fin de la era Baader-Meinhof da una textura interesante, se podría haber propuesto como trasfondo, pero acaba siendo un fin más que un medio y la película paralela que transcurre durante su paquidérmico metraje se revela más como un pegote que, además, no podría resultar más caprichoso en la elección de Tilda Swinton como intérprete de un anciano. El fantasma de Joaquín Reyes es lo único que da miedo en sus segmentos. Todo se ve coronado por un clímax muy sangriento, que recuerda a una película de los 90 de Brian Yuzna, pero que muestra finalmente que no solo la película parece mirar por encima del hombro a su original, sino que casi pretende mofarse del género y ni siquiera se toma en serio su exagerado Grand Gignol.
En definitiva, un decepcionante experimento que alterna momentos sublimes de body horror con otros en los que cae entre el ridículo y el aburrimiento. No dejará indiferente, no, pero toda su filosofía es errónea. Su condescendencia hacia el cine de terror y la tendencia a la sobreexplicación dejan frío por saturación. Es apreciable el esfuerzo, la valentía y la libertad absoluta con la que uno se encuentra, pero todo ello no quiere decir que el resultado sea especialmente satisfactorio.








