Overlord (2018) review

111 minutos
Estados Unidos
Nunca un híbrido de cine bélico y terror había sido tratado a esta escala y nivel de espectáculo. Se le achaca, con parte de razón, que no haya un tramo con los elementos fantásticos y de horror más desarrollados pero el equilibrio logrado entre producción, personajes, acción y body horror es inédito para el subgénero. Un tebeo de la serie ‘Weird War Tales’ de DC con ecos de ‘Re-Animator’ y ‘La Cosa’ no apto para puristas del cine de la Segunda Guerra Mundial.
2018
8
Valorado con 8 de 10
overlord_2018
El cine de terror bélico no ha tenido demasiada suerte en el cine. Hay muchos ejemplos pero ninguno ha llegado a tener una resonancia verdaderamente definitoria y sus mejores ejemplos suelen tener otros elementos que le alejan de sus raíces de género. Por ejemplo, Aliens (1986) o Predator (1987) tienen puntos en común, como marines y mercenarios con formación militar, pero realmente no pueden o deben considerarse exponentes representativos. Otros ejemplos ilustres, como Dog Soldiers (2002), tienen el hándicap de desarrollarse en escenarios alejados del campo de batalla, pese a que sus protagonistas sean soldados entrenados. Normalmente, el género ha evadido el principal reclamo de un filme bélico. Es decir, escenas de acción coreografiadas, con una escala creíble y el conflicto sobrenatural solucionado con metralla y lanzagranadas.

Los filmes de horror que se establecen en conflictos como la Segunda Guerra Mundial aparcan el frente y establecen sus relatos en trincheras apartadas, como DeathWatch (2003), un bunker, como The Bunker (2001), casas de residentes en el país invadido, Huset (2016) y en general, espacios limitados en donde se pueda desarrollar la trama sin que se note mucho que escasea el presupuesto. Otra forma clásica de escamotear escenas de acción es centrar el aspecto terrorífico en diversos efectos psicológicos sobre los soldados. Alucinaciones, desorientación, castigo infernal por los pecados, purgatorios entre campaña y campaña que evitan grandes secuencias de enfrentamiento. Tales son los casos de las estupendas R-Point (2004), El páramo (2011) o incluso la inclasificable The Keep (1983), que podía considerarse la cinta bélica con más medios disponibles hasta la llegada de Overlord, aunque su trama de Nazis contra una extraña deidad, tiene parte de slasher, parte de odisea filosófica que no acaba de levantar el vuelo más allá de su condición de rareza indispensable.

Y en el otro lado de la valla de alambre de espino, tenemos las películas de zombies nazis, que siempre han estado en el límite de la serie B y la habitual estructura de “gente que va a un emplazamiento idílico en el que aparecen zombies del tercer Reich”. Desde ShockWaves (1977) a Dead Snow (2010) no es fácil encontrar alguna que se salga de la fórmula. Quizá los ejemplos que más han llegado a tocar el espectro bélico son The Outpost (2008), War of the Dead (2011) o Frankenstein Army (2013), con las que Overlord tiene bastantes puntos en común.

¿En qué se diferencia? Pues básicamente en su tratamiento de cine de gran presupuesto, su apuesta por el terror para adultos sin dejar de lado las buenas escenas de acción, un tratamiento de personajes que dan más profundidad y un verdadero compromiso por la versatilidad en ambientación. Hay ciertos ecos del Spielberg de Save Private Ryan (1998) sí, pero en realidad tiene mucho más que ver con el más juguetón de 1941 (1979). Es decir, un filme bien ambientado en su conflicto pero que no pretende ser más que un tebeo.

Por ello, hay un esfuerzo por buscar ese realismo bélico que haga creíble una misión propia de un tebeo de Hazañas Bélicas pero no hay ningún interés en crear un rigor histórico académico. Tenemos gente de raza negra no solo como soldados sino en puestos de mando, y la verosimilitud de muchos detalles está supeditada al espectáculo, al relato de viñeta y su condición de divertimento ligero. En el aspecto de la ficción histórica maleable, tiene más que ver con Inglorious Basterds (2009), en la que se acribillaba a Hitler a balazos, que con Band of Brothers (2001), aunque respete más el espíritu boy scout de esta.

No se puede obviar que la mayor decepción de Overlord es que no acaba de explotar del todo sus prometedores elementos fantásticos. La trama de experimentos y soldados reanimados comienza algo tarde y nunca acaba de explotar como podría, vistos los espeluznantes resultados de sus ocasionales, pero muy efectivas, apariciones mutantes en una especie de laboratorio del infierno. Todos los elementos para un gran final de fuegos artificiales y hordas de zombies nazis siendo calcinados por lanzallamas y metralletas están allí, y al final no llega del todo. También hay elementos que necesitaban un cierre menos vago, como el de esa atemorizante anciana tras la puerta. La cinta pide a gritos un montaje del director con algo más de sus increíbles momentos de body horror dignos de The Thing (1982), al estilo de un cuello torcido que desafía las normas anatómicas convencionales. No es la única conexión, por cierto, con la película de John Carpenter, que estaba protagonizada por un Kurt Russell aficionado a la dinamita, como el personaje que aquí interpreta su hijo y que tenía el lanzallamas como santo y seña contra los monstruos.


Sin embargo, no es difícil ver las intenciones de sus creadores. La aparición de los experimentos es tardía y nunca deja de ser un elemento más, un ornamento sobrenatural para apretar las dificultades de una misión inicial que nunca se sale del carril de su condición de historia de guerra, cuyo objetivo principal es contar la peripecia de un grupo de soldados que van a cumplir su objetivo de cualquier forma. En realidad, el trabajo de Spielberg que verdaderamente sirve de muleta a Julius Avery y J.J. Abrams es el episodio The Mission (1985), de la serie Amazing Stories, en el que el elemento fantástico era un incidente, un altercado que da un aire mágico a la historia bélica. La diferencia es que en esta ocasión, en vez de ser un evento luminoso, adquiere tintes de un terror muy heredero del género mad doctor con zombis al estilo de Re-Animator (1985), con su suero resucitador inyectable, o Day of The Dead (1985), que también tenía su científico loco y experimentos con cadáveres de militares, incluyendo el descubrimiento de la cabeza viviente de un joven Greg Nicotero (The Walking Dead) que se recrea aquí de forma idéntica.

Otros episodios de series clásicas de terror como Tales from The Crypt (Yellow) o The Twilight Zone (The Purple Testament) aplicaban al género bélico ese matiz de fantástico como pasaje fuera de lo común más que como fin, y en ese sentido Overlord es plenamente coherente con ese espíritu que tanto define la obra de Abrams, que siempre ha querido dotar sus producciones con el hálito del fantástico como algo extraordinario dentro de lo ordinario, con lo que quizá la cinta de Julius Avery, pertenezca o no a la marca, descubra que Cloverfield no era tanto un universo compartido sino la forma en la que el productor entiende el fantástico.

Por tanto, sí, podría haber mucha más locura, pero tampoco se le puede reprochar que no sea una gran película de terror y acción por sus propios méritos. Toma su tiempo para crear buenos personajes que al final completan su viaje, tiene un ritmo trepidante, grandes efectos especiales, fotografía y efectos de sonido que se desatan cuando la cinta abraza su condición de cine explosivo. Pocas cintas de género tienen una introducción in media res tan apabullante, desde el avión al campo de batalla en un solo plano secuencia, y tampoco puede desestimarse a la ligera la toma sin cortes con la que acaba la misión. Su voluntad de hacer las cosas bien no solo la postula como una gran cinta de guerra, sino que va cimentando la efectividad de sus elementos de cine de terror pulp genuinamente americano, como ninguna otra ha logrado en el subgénero.

Curiosidades sobre la película

Dentro de poco tendremos algunas curiosidades

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