Resulta difícil confrontar una opinión generalizada sobre una película con una tan disidente. Slender Man lo tiene todo para ser odiada, vilipendiada y fogueada por la crítica. Es un filme de terror adolescente, que no suele tener, por lo general, una buena acogida de partida. El cine de miedo exige temas adultos, sangre y otro inabarcable número de tributos al dios de la impaciencia que consigue una batería de ejecuciones de un buen puñado de películas de género dirigidas a distintos espectros de edades. El debate de qué debe o no tener una obra para entrar en el club es tan maleable como efímero, hasta que la moda del momento reconduzca la opinión generalizada.
El último trabajo de Sylvain White es una más que digna oferta de horror de instituto, y como tal está segmentada de tal forma que no hay apenas sangre o de torture porn. Tampoco diálogos que no saldrían de la boca de un grupo de chicas de 16 o 17 años ni una profundidad impostada que se dirija a un público elevado. Puede acotarse en ese tipo de películas del lado izquierdo de Dimension que quedaron en la cuneta con la llegada de los 2000 y el splat pack. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de horrores teen, Slender Man no es un simple slasher, sino que trata de explorar el progresivo deterioro de cuatro protagonistas femeninas que entran en contacto con una entidad sobrenatural que vive en las leyendas de la red. O lo que es lo mismo, sigue las reglas del cine de Ouijas, en las que un grupo de jovenzuelos invoca algo que no imaginan que tendrá consecuencias terribles para sus vidas. Es la historia de siempre, que durante toda la vida ha funcionado.
Conjuros escritos en la carpeta de tu compañera en el recreo de la mañana. Juegos con lo sobrenatural con chupitos de Martini y malibú piña en la fiesta de pijamas. Stalkeo online a los buenorros de la clase mientras buscas un conjuro para que se fije en ti. Llamar a Verónica, María Sangrienta o Candyman delante del espejo. Los juegos idiotas de estudiantes son el caldo de cultivo para que las historias de miedo más básicas, las tribales, hagan prender la mecha de la imaginación. Si dices cuatro veces Candyman, vas a titubear la quinta. Así funciona el cerebro, la sugestión y la superstición. Por ese motivo nos gusta creer que las leyendas urbanas son ciertas, y por eso el autoengaño colectivo de una figura como Slender Man ha sido capaz de llevar a gente a creer en él a pesar de estar documentado como una historia de ficción.El hombre alto nació en un foro en el que un hombre, Eric Knudsen, subió dos imágenes tratadas con Photoshop con dos fotos de niños perseguidos por un hombre delgado y sombrío con tentáculos como brazos. Agregó un texto ominoso junto a ellas. Algo así como “’No queríamos ir, no queríamos matarlos, pero su silencio persistente y sus brazos extendidos nos horrorizaron y consolaron al mismo tiempo…”

En otra imagen unos niños sonríen a la cámara, mientras que los otros se reúnen alrededor de una figura alta con traje. Un título detallado la acompañaba: ”Una de las dos fotografías recuperadas del incendio de la Biblioteca de la Ciudad de Stirling. Notable por haber sido tomada el día en que desaparecieron catorce niños y por lo que se conoce como ‘El Hombre Delgado’. El fuego en la biblioteca ocurrió una semana después. Fotografía real confiscada como evidencia. – 1986, fotógrafo: Mary Thomas, desaparecida desde el 13 de junio de 1986. “
Knudsen reveló que su inspiración para Slender Man provenía de H.P. Lovecraft, cuentos cortos de Stephen King, las imaginaciones surrealistas de William S. Burroughs y el género de terror de supervivencia en videojuegos como Silent Hill y Resident Evil. Durante semanas, la gente, entusiasmada, se sumó al mito. Aparecían decenas de fotos trucadas, recortes de periódico y dibujos de los niños hasta llenar 194 páginas del foro. Pronto, también hubo videos cortos que mostraban al Slender Man al estilo de Blair Witch Project (1999), uno de los pilares del creepypasta interactivo moderno, quizá el primero de la era internet. Y todos estos foros y entradas son la base de este subgénero. Historias creadas en internet, que se consumen de manera multiformato y que se retroalimentan.
Por ello, trabajos tan apasionantes como Channel Zero (2016-), el programa sobre creepypastas por excelencia, funcionan a un nivel objetivo dentro de las historias. Es muy experimental, artístico, vale, pero no sale de la ficción narrada, por muy excéntrica que esta pueda llegar a ser. Sin embargo Slender Man afronta las historias como si fueran una derivación de la realidad. Es decir, si las chicas entran en los foros, tú mismo puedes entrar en los foros, ver las mismas imágenes y obsesionarte de la misma manera. Hay un constante juego metafílmico nada disimulado, pero nunca utilizado como herramienta de humor. Lo que hace Sylvain White es utilizar un relato arquetípico de obsesión para reflejar el mismo efecto de esas leyendas con la realidad. Y, además, llega hasta las últimas consecuencias.
A nadie de la producción se le escapa que el sábado 31 de mayo de 2014, en Waukesha, Wisconsin, Anissa Weier y Morgan Geyser, dos niñas de 12 años, engañaron a Payton Isabella Leutner, una compañera de clase de la misma edad, para atraerla hasta un bosque y acuchillarla 19 veces. Dijeron que lo hicieron para Slender Man, como ofrenda para asegurarse de que perdonaría a sus familias, pero también para ser invitadas a vivir con él en su mansión. Si bien la película no trata directamente el tema, cualquier espectador avispado sabe que el lado oscuro de esta historia siniestra late en cada fotograma. Y las referencias al mismo son evidentes llegado el momento. Por ello, White quiere que vivamos el proceso de desintegración de una mente cuya actividad pre-mundo laboral le deja al mando de grandes operaciones que no son tarea fácil en el microcosmos de la pubertad.
En vez de apoyarse en los procedimientos habituales de presentación de un personaje, con una mirada amplia a su familia y su entorno, la narración se hacina en el universo de cuatro chicas completamente normales, creíbles y sin más rasgos de personalidad que una clásica curiosidad juvenil, compartir su interés morboso, devolver miraditas al chico que le gusta y quedar para hablar de cosas prohibidas para chicas de su edad ya sea porno femenino o leyendas urbanas. No hay mirada a los adultos, la cámara les esquiva excepto para presentarnos levemente a los padres de alguna de ellas, en uno de los casos para añadir una capa de desesperación a la vida de una de las chicas desaparecidas. Todas las protagonistas son femeninas, lo que no es un detalle al azar y entronca con la naturaleza young adult del relato, sin buscar ningún vericueto ideológico.
La rueda empieza a rodar enseguida, con una de las chicas desaparecidas tras ver uno de los vídeos prohibidos online. Desde luego, no hay un planteamiento demasiado original, hay una sensación es la de estar en los diez primeros minutos de Ringu (1997) durante toda una película, pero la propia naturaleza de leyenda urbana de Sadako se ajusta perfectamente a la multimedia del Slender Man y, como poco, es más relevante y efectiva que muchas de las secuelas americanas que buscan adaptar el terror VHS a las nuevas tecnologías. La figura del hombre alto, sin embargo, no se trata de explicar, no hay una exploración de la historia del mito. Muchos se han sentido decepcionados por el hecho de que no haya un mayor trasfondo del personaje, pero al final, una comparación visual de los mitos con los que se compara es suficiente. Tan solo es un hombre del saco actualizado.
La tradición oral de las leyendas ha cimentado gran parte de los mitos literarios que han dado paso a nuevas versiones de las mismas historias en forma de películas. Dicen que el cine de terror es un reflejo de la realidad socioeconómica de cada época, pero, por otra parte, la cara de nuestros miedos suele tener la misma forma, y el mismo cuento del coco que nos contaban en la cuna ha ido mutando en decenas, quizá cientos de variaciones y mutaciones. El cine se ha hecho eco de esta misma figura en diferentes formas. Desde Freddy Krueger al Babadook, los hombres del saco que aparecen de la nada para llevarse a la gente han ido encarnándose en figuras que se funden con los formatos narrativos populares como las leyendas urbanas y su evolución lógica en la era de internet, el creepypasta. Por ello, en muchos momentos, de nuevo, Slender Man parece una actualización más atinada de A Nightmare on Elm Street (1984) que su propio remake, sobre todo en los momentos en los que distintos estudiantes comparten impresiones del día a día sobre la visión de un mismo boogeyman en los pasillos del instituto.

Las chicas entran en un estado de duermevela constante, de alucinaciones y sueños que vienen y van que las van acercando a la figura que temen. En vez de matar como Krueger, el Slender Man invita a irse con él, lo que da al conjunto un aura casi melancólica y de un terror más de sensaciones de desesperanza y vacío. ¿Por qué un adolescente decidiría irse por su voluntad a otro mundo? Las imágenes de chicas desaparecidas en webs, la idea de que muchas han acabado decidiendo marcharse reemplaza el terror puro por un embrujo fantasmagórico que acaba bajo la piel gracias a una fotografía oscura, llena de verdes y sombras, que acompañado a la imaginería de bosques neblinosos, y barrios residenciales en los que cuesta sacar la oscuridad de encima y consiguen una atmósfera opresiva, casi gótica, constante. Todo ello se beneficia de un gran uso del panorámico por su director, que no solo plantea estampas estilizadas, sino que utiliza el encuadre en los momentos de terror, reduciendo el uso de los jumpscares al mínimo (y cuando los hay, no se centran en subir el volumen). Las figuras aparecen en lugares que estás viendo, y se acercan a los personajes, a menudo, de forma silenciosa.
El grueso del terror es fundamentalmente onírico, con imaginería de videoarte tomando forma, a modo de un infierno personal que atrapa a las protagonistas como una especie de versión teen de Jacob’s Ladder (1990) con una fantástica secuencia en el hospital, un perturbador episodio en un sofá y una angustiosa escena en la biblioteca que apela a terrores atávicos como la pérdida de la identidad a través de la representación de la cara sin rasgos, reincidiendo en los detalles del yokai japonés Noppera-b?, un espectro sin rostro que inspiran el aspecto del hombre sinuoso. También hay que destacar las proyecciones subliminables de símbolos mágicos, esotéricos, fractales, pinturas caleidoscópicas, simétricas y malditas que contienen las imágenes de los vídeos malditos. Tampoco es ajena, dicha imaginería a otros temores de la edad, como quedarse embarazada.

Todas estas dinámicas reman hacia la degradación mental de las adolescentes, con lo que la valiente premisa de la película se deja ver cuando se contrapone con la espeluznante historia real y la idea de que no es tanto el propio Slender Man quien hace que la mente se infecte, sino el poder de sugestión de una idea, una creación ficticia. Por ello, lo que ven las chicas podría ser un hombre con traje y tentáculos o bien una mujer de blanco (un mito muy similar), el poder viral a nivel colectivo e interno es tan real como la propia existencia de la leyenda, por lo que la angustia de las protagonistas es, asimismo, irracional y comprensible.
El giro de la trama es perturbador, especialmente sabiendo de dónde viene, y la conclusión es totalmente atípica. Más allá de la revelación final del ser sobrenatural, en una escena con un CGI que parece querer imitar el aspecto digital con el que se muestra en muchas de sus representaciones y que rompe la elegancia de otras de sus apariciones, el final no es ni mucho menos una restauración del orden, sino que acaba en una nota oscura muy acorde con el tono de desasosiego del resto de 90 minutos. Slender Man es una obra adolescente más que modélica, arriesgada, que no ha querido llegar hasta las últimas consecuencias por obra del estudio (hay algunos cortes de los momentos más duros) pero que comparada con obras de su espectro de público como Truth or Dare (2018) resulta muy notable. Explora la desazón juvenil desde una perspectiva interna, casi como una experiencia, con un mito online como cabeza de turco. No es la película definitiva sobre el creepypasta, ni busca serlo, tan solo se vale de su imaginería para plantear un nihilista relato de obsesión y decadencia inducido de forma digital disfrazado de producto para la generación Z.








