Tras una avalancha de teasers promocionales y pósters que recogían, en esencia, cualquier tipo de imaginería relacionada con el cine de terror de todos los tiempos, la sexta temporada de AHS ha empezado, descubriendo que, como ya se había adivinado por alguna filtración del set de rodaje, que trataría de alguna manera con la misteriosa desaparición de una colonia en la isla de Roanoke, un tema que ya había inspirado algunas series y películas en el pasado. Un punto de partida en principio atractivo que ha empezado con cierta intención redentora a las deriva que había tomado la serie en sus últimas dos temporadas. En cierto modo, tiene algo de vuelta a la primera temporada.
La historia de Shelby (Rabe) y Matt (Andre Holland), una pareja casada que deciden irse lejos de la ciudad tras un episodio traumático que acabó con la consecuencia de una aborto. Su nueva morada una antigua casa de labranza en medio del bosque, una mansión barata, al igual que el de la familia Lutz cuando realizaron la compra de Amityville. La pareja empieza a escuchar ruidos extraños y golpes en la noche y la situación comienza a tener visos de peligro: Es una pareja interracial y están en una zona llena de rednecks dando vueltas. Todo se empieza a convertir en algo más siniestro Cuando la casa de Shelby solo empieza a llover dientes. Sí, dientes. Un toque inquietante. Sólo es el principio.Una noche, Shelby ve a dos mujeres jóvenes pasan en el pasillo, mirándola y más tarde, es atacada mientras se da un baño. Sigue el típico “no te creo” de la policía y el marido y, en general, un desarrollo clásico de una película de terror al uso.
La fotografía es bastante elegante, en sus tonos ocres y una gran concepción espacial de la casa, que se ve especialmente siniestra, incluso en la forma de las sombras proyectadas sobre todas las cosas, ventanales en todas partes como los ojos. La imaginería de terror es lo más reseñable del episodio: un cerdo mutilado en el porche exterior, aparecidos con antorchas, cinta de vídeo en la que aparece un hombre con cabeza de cerdo chillando y hasta una composición de esculturas creepy sacadas del bosque de El proyecto de la Blair (The Blair Witch Project, 1999). Y finalmente la aparición de un grupo de, a priori, fantasmas del pasado, que quizá son las almas perdidas de los desaparecidos en Roanoke.
El tono general es el de una película de terror con cierto oficio, pero el formato le da un toque de parodia extraño. Lo que sucede en la reinterpretación, lo que relatan los personajes (interpretados, claro por otros actores que los de la “dramatización de los hechos”) está tomado más o menos en serio y parece que no va a tener los exabruptos de petardeo, sexo obsesivo, y momentos horteras de las recientes Freakshow u Hotel. Pero al estar introducido por actores al estilo de esos programas (del nivel de Cuarto milenio), crea una sensación de constante pitorreo que crea una pequeña resistencia a tomarse en serio los momentos inquietantes. Da la sensación, como acostumbra esta serie, de utilizar el espacio como un campo de pruebas para el “a ver de que me río hoy” del autor. Y pese a que el misterio parece que puede encerrar algo interesante, la sensación de que la serie nunca toma en serio al género aún planea en la atmósfera. Esperemos que Murphy consiga aguantarse un poco más y no convierta una atractiva historia de miedo en otro ejercicio de complacencia.











