
Hay un paralelismo en ambición e intenciones en Under the Silver Lake, pero la visión de Robert Mitchell tiene los cimientos más asentados, producto de un proceso de escritura casi enloquecido, que dejó macerando mientras hacía It Follows. El éxito de aquella le permitió llevar a cabo su sueño, una idea que se le ocurrió cuando él y su esposa estaban sentados en su casa mirando las casas en las colinas de Hollywood, preguntándose lo que ocurre en las entrañas de una gran ciudad como aquella. Eso le llevó a repasar sus películas favoritas sobre el lado oculto de la ciudad de las estrellas ya que su objetivo inicial era hacer un thriller noir con los tonos del Chinatown (1974) de Roman Polanski. Desde luego, casi cualquier mirada a esa ciudad de ribetes turbios, con una gran relación con sus habitantes y el glamour implícito podrían citarse. Desde la inquietante Day of the Locust (1975) a Mulholland Drive (2001), esa mirada al reverso oscuro de la ciudad soleada y brillante conforma casi un subgénero en el que la película de Mitchell encaja a la perfección. No por casualidad, el personaje que se encontraba a la espeluznante mendigo en aquella estaba interpretado por Patrick Fischler, que repite aquí como el conspiranoico fanzinero que planta la semilla de la paranoia en el protagonista.

Aunque toda la cinta tiene escondido un juego de guiños y homenajes—para los fans del terror, busquen pósters de Psycho (1960) o Creature from the Black Lagoon (1954)— dentro de otro juego, hay otra buena cantidad de referentes con los que juega a nivel narrativo y no expositivo. Entre los más obvios se encuentra el cine de Alfred Hitchcock que, además de ser mentado en la música, entre Bernard Herrmann y Badalamenti, aparece como una línea de apoyo para el planteamiento desde su inicio, con notas claras de Rear Window (1954) y otro tanto de Vertigo (1958), pero en vez de un símbolo luminoso como James Stewart, su héroe es un Andrew Garfield decadente, opuesto a su interpretación como Peter Parker—ojo a la broma con un tebeo del héroe marvel—. Un voyeur que hace cosas terribles a causa de vivir sumido en una espiral de apatía. Tras perder su trabajo, vive en un apartamento que no puede ya pagar, anhelando una vida más interesante, como la que ve en la televisión. Su rutina miserable cambia cuando ve bañándose en la piscina de su apartamento una nueva vecina, una misteriosa mujer llamada Sarah (Riley Keough), con la que se obsesiona, sobre todo cuando se esfuma de la noche a la mañana.



The Long Goodbye (1973), North By Nortwest (1959), Body Double (1984) o The Big Lebowski (1998) vienen a la cabeza enseguida, pero todas esas las similitudes son vacuas dentro del mensaje clave en la película. La cultura pop, nuestros recuerdos, son señuelos y pasatiempos cuyo estudio y conexiones y recopilación solo tienen a función de ser un asidero frente a la falta de significado del mundo moderno, la sociedad de consumo como suma de fantasías efímeras contadas en pantallas, papel y vinilo para llenar vacíos existenciales y nuestras carencias afectivas. No es muy distinta la diatriba de amor y disección que propone Spielberg en Ready Player One (2018), solo que, en este caso el viaje es mucho más trepidante para el espectador. Gracias a la capacidad del guion para encajar el increíble collage de pistas, el espectador queda en casi un estado de hipnosis que le llevará seguramente a revisarla en más de una ocasión.








