Es decir, la venganza no deja de ser una excusa cinéfaga, tal y como concibió Tarantino en Kill Bill (2004), y aunque la estructura de esos filmes se sigue al dedillo, la trama es solo el macguffin para ir ornamentando su viaje surrealista e hiperviolento con una guarnición en la que caben la Empire (con ese anuncio del Cheddar goblin), Dario Argento, los duelos de sierras mecánicas de Texas Chainsaw Massacre 2 (1986), los cenobitas de Hellraiser (1987), los paisajes infernales en la tierra de Sorcerer (1977), el onirismo enfermizo de Phantasma (1979), el mesías extraterrestre de God Told Me To (1976) o los fragmentos animados de Ralph Bakshi, muy bien integrados en su atmósfera de años 80 alternativos, una cara de la década alejada a la idealización Amblin que suele contagiar todos los revivals como Super 8 (2010) o Stranger Things (2016-). Pero lejos de ser una suma de referencias, su todo tiene un sentido, un estilo totalmente reconocible y de personalidad arrolladora que nos indica que estamos ante un autor de horror imprescindible en los próximos años.

Mientras tanto, en esta, su segunda obra, Cosmatos ha exorcizado su dolor por la pérdida de su madre en forma de carta de amor al personaje de Mandy, una mujer con un pasado lleno de dolor, que apenas necesita unas líneas para darnos una visión completa de una persona especial, serena y mágica. La relación con su marido esconde mucho más de lo que se nos deja ver y por ello, su pérdida resulta desoladora, dura pero también hermosa. En la película, el actor desarrolla a su personaje carcomido por el odio tras la muerte de su compañera inspirándose en el sufrimiento que padecen algunos personajes de Charlton Heston como los de Ben-Hur (1959) o The Omega Man (1971) de Boris Sagal.

Si bien es cierto que el dolor es una parte importante de la catarsis de Cage en la película, también tienen mucha importancia las drogas. Toda Mandy es casi un relato de mímesis con la experiencia alucinógena del ácido, la expresión artística en movimiento de un sueño sin fin, en el que la lógica de la realidad no aplica. Colores púrpuras, sublimación de texturas, tonalidades difuminadas por humo y niebla que aparece porque existe en esa realidad paralela. Porque existe y no tiene una explicación más allá de la representación pictórica de una realidad idealizada por el patrón del cine y la música de los años en los que sucede, 1983 después de cristo, como indican sus intertítulos. Y la referencia a Cristo no es una mera etiqueta estética, sino que acompaña el tema de fondo de la película, una exploración del poder de alienación de los cultos, las figuras ridículas a la par que peligrosas de los gurús, y la capacidad de la mente humana para ser contagiado por el virus religioso. Algo que se materializa en la imagen de una iglesia en llamas, casi un manifiesto final consciente e impío.
Algo más accesible que su primera obra, Mandy es un filme que requiere cierto gusto adquirido y, definitivamente no lo pone fácil al espectador dependiente de estructuras. Pero más que una cinta de imaginería y guiños hueca por dentro, como algunas opiniones perezosas han dicho de ella, está llena de memorias profundamente personales de Cosmatos, somatización iconoclasta de tristeza, ideas y nostalgia que van más allá del homenaje vacío. Una catarsis insondable, una indescriptible experiencia de pura épica de horror fantasmagórico, con Barker y Jorodowski en plena orgía de sangre, LSD y Heavy Metal que acaba en una explosión de exceso con Cage en éxtasis lisérgico y gore.








