La novena película de Quentin Tarantino tiene algo de anhelo personal, de mirada atónita a la factoría del cine de hoy y a la manera de consumirlo. Nunca hasta este momento había sido tan explícito al exponer su nostalgia por ese otro mundo, el de dentro de las pantallas y exponerlo desde lo que ocurre fuera de ellas. Como bien explica su título, Érase una vez… en Hollywood es un cuento de hadas en el que se narra el proceso de decadencia de un actor de serie B frente a los primeros pasos de una estrella en potencia. En la contraposición de ambos relatos se puede leer mucho sobre la idea de la transformación de la industria en el final de los 60, los últimos coletazos antes de la revolución de Easy Rider (1969) y los nuevos talentos que cambiaron de arriba abajo el escenario y el producto. No por casualidad algunos de los personajes llaman, de forma despectiva “Dennis Hooper” a los jipis que van llenando las calles de un Los Ángeles que ha empezado a perder el brillo de sus días gloriosos.
Tampoco es casualidad que Once Upon a Time In Hollywood gire alrededor de los asesinatos de la familia Manson, no tanto como crónica, como trasfondo y fondo de una historia que está narrando y parte de esa ruptura de la burbuja, el revulsivo de toda una década de flores que terminaba en un baño de sangre y ácido. El hecho de que el protagonista sea un actor en horas bajas conecta con el submundo de la familia, que no deja de ser el pequeño imperio de un artista frustrado que ha establecido su campamento en unos antiguos estudios, en un rancho a las afueras de la ciudad, escenario de westerns en los que actuaron los protagonistas. De esta forma se establece un juego de tres mundos que interactúan entre sí, se pasan la pelota y dibujan un fresco del momento previo a los asesinatos, que serían el punto de conexión final del triángulo.

Dicho esto, el penúltimo filme de Quentin Tarantino tiene mucho de excusa para mostrar diversos juegos de proyección y creación de cine, por lo que a veces da la impresión que su verdadera intención era hacer una colección de fake tráilers como los de Grindhouse (2007), con la que está íntimamente relacionada. Si aquella trataba de representar la eclosión del cine independiente más underground, la explotación de los años 70, lo que se cuenta en OUATIH sería el momento inmediatamente anterior, por lo que de alguna manera podría servir como precuela espiritual de su Death Proof (2007). En un momento de barrido de cámara, el ojo del director sobrevuela un cine al aire libre, en el que vemos los coches pero no lo que se proyecta, pero podemos escuchar la sintonía de la preview que se sampleaba entre los tráilers falsos de su colaboración con Robert Rodríguez. Y si en aquella teníamos a Kurt Russell interpretando a un especialista de cine de acción como villano de la película, en esta tenemos a otro que podría considerarse antihéroe (Brad Pitt), pero definitivamente hecho de esa misma pasta de persona al margen, duro, macarra y que efectivamente podría haber protagonizado su propia Vanishing Point (1971), que Tarantino vuelve a citar aquí.

No parece que Stuntman Mike tenga una relación directa con el Randy —el jefe de Brad Pitt y otros muchos especialistas— que interpreta aquí Kurt Russell, pero no sería de extrañar que fuera su padre. Para redondear la conexión, aquí Zoë Bell también interpreta a una profesional del negocio casada con Randy, con lo que la personaje especialista de Death Proof tendría también su parentesco algo imposible, aunque es probable que tan solo sea un guiño de Tarantino entre ambos filmes y la profesión real de la actriz. La relación entre ambas obras es más conceptual, con detalles como el uso de la música, los abundantes planos de coches a toda velocidad, rodados de forma similar y, en general, el trasfondo y exploración del mundo de los dobles de acción, su carta de amor a los que se juegan la vida por el cine y su fascinación por el mundo que les rodea.
Sin embargo, en Death Proof el mundo del cine y el proceso por el que salen adelante las películas —algo que ha estado vinculado a la filmografía de Tarantino desde Pulp Fiction (1994) y, por ejemplo, la profesión de Mia Wallace— era tan solo un trasfondo mientras que en OUATIH es el eje sobre el que giran trama y desarrollo de personajes. Dentro del ejercicio de nostalgia personal, jugueteo con el metacine y la veneración a los falsos tráilers se puede seguir un hilo conductor que nos lleva desde el anonimato lleno de ilusiones de Sharon Tate a las vicisitudes de un actor encasillado y apartado paulatinamente de los focos, obligado a viajar a Europa para rodar Spaguetti Westerns, cine de espías y otros subgéneros en los que puede volver a ser la estrella.
Con el contrapunto a esa vida se nos muestra el lado menos glamouroso, el fiel amigo Cliff, que vive en una caravana alimentándose de pasta de sobre, mientras que Rick Dalton cena cócteles flotando en su piscina privada de Cielo Drive. Ah, si la imagen te suena es por una buena razón, la mejor forma de definir esta película es BoJack Horseman contra Charles Manson. Porque sí, en esta película aparece Charles Manson. Por cierto, interpretado por el mismo actor que le da vida en Mindhunter (2017-), lo que une de alguna forma los universos de David Fincher y Tarantino. Pero quien espere un estudio del personaje y de la historia que llevó a los crímenes debería replantearse revisitar alguno de los biopics existentes, a menos que quiera salir decepcionado. Sin embargo, hay una mirada al rancho y la familia bastante certera, con una de las escenas más inquietantes que se han estrenado en el cine este año.
Obviamente, todo lo que rodea al culto del amor y el terror tendrá una importancia clave en la película, pero cuanto menos se descubra al respecto, mejor. OUATIH acusa una dispersión de líneas de trabajo que prometen algo más de lo que acaban dando, no sorprende la intención de remontar la película de Tarantino para hacer una épica de tres horas, pero sus minutos vuelan y puede considerarse, con permiso de Kill Bill (2004), la película más ferozmente dinámica de Tarantino. No hay nada que sobre, tampoco que falte, aunque podría haber dado para una locura final mucho más delirante, pero en este caso, más que nunca, lo importante es el camino.
Es imposible no disfrutar con la pasión que demuestra el director de Reservoir Dogs (1991), que sigue apostando por la verborrea de cultura pop como apología de lo cool, y aunque ahora ya no son los 90 y ese discurso antes vanguardista huela un pelín pollaviejil, lo cierto es que su puesta en escena y su montaje son tan dinámicos, vigorosos y contagiosos que parece mentira que tantos directores jóvenes palidezcan ante la inventiva y creatividad de Tarantino a sus 56 años. Tras la exhibición en The Hateful 8 (2015), el de Knoxville muestra un dominio total del lenguaje cinematográfico a la altura de los más grandes.
Puede que en conjunto no sea su mejor película, pero a nivel de narrativa secuencial puede ser su filme más imponente, tanto que puede acabar una escena con un simple puñetazo y resultar algo totalmente épico. Apoyando el derroche visual está el apartado musical, que esta vez no solo está trufado de canciones ignotas recuperadas de su discografía particular, sino una buena colección de grandes éxitos de aquellos años, algunos originales, otros en curiosas versiones que acompañan al estilo más psicodélico del momento.
OUATIH será recordada, además, por reunir a los dos lados de la cubierta de las carpetas adolescentes de los 90. Hacía tiempo que Brad Pitt no ofrecía una interpretación tan convincente y Leonardo DiCaprio encuentra el decorado perfecto para que su histrionismo no encuentre el eco estridente habitual de sus últimos excesos. Margot Robbie está simplemente encantadora. El desfile de cameos va de lo simpático (Al Pacino) a lo emotivo (Luke Perry), sin renunciar a la mitomanía desmitificadora, con esa genial aparición de Bruce Lee o la inclusión de otro mito del oeste como es Bruce Dern. Tarantino ha firmado la película sobre Los Ángeles que, de alguna manera, su filmografía había ido perfilando, de esta manera puede filmar su parte de Kung Fu, su parte de terror, su fetichismo podal, su regreso a la Segunda Guerra Mundial y su Buddy Movie sin renunciar a rebozarse de nuevo en el Western que viene cultivando en sus dos últimos trabajos.

En el fondo, la historia de Rick Dalton puede considerarse el Sunset Blvd. (1950) del autor, también en cierto modo un Mulholland Drive (2001) con dos personajes en distintos estados de su carrera que protagonizan un cuento moderno. No solo es una carta de amor al cine de los sesenta sino la apertura mágica de una segunda oportunidad para sus personajes, que traduce como el deseo de que las cosas no hubieran cambiado, que la muerte de los 60 y la entrada de la modernidad en todas sus vertientes nunca hubiera tenido lugar, para poder seguir teniendo anuncios camp y autocines, series de género rodadas del tirón en directo y escenas de acción sin sospecha digital. Una elegía a otro mundo olvidado con el fondo más poético de toda su obra: el celuloide es el único lugar en el que los sueños más recónditos, las ilusiones más hondas quizá tengan una opción para hacerse realidad. Y Tarantino esta vez ha soñado a lo grande.








