El ciclo de ciertos eventos cinematográficos de pantalla grande está empezando a tomar un cariz de caricatura cuando sigue el esquema de presentación en festivales, reacciones por las nubes y cuando aparece al alcance del público queda en punto de match point. O realmente responde a las expectativas, como sucede de cuando en cuando, o bien resulta que por alguna razón se ha elevado por razones extracine-matográficas y se ha creado una bola imposible de parar. La nueva Pet Sematary no es una mala película. Pero, definitivamente, tampoco es buena o digna de destacar en un momento en el que el cine de terror está gozando de una salud excelente.
Puede que dentro del género zombie no queden demasiadas balas en el cartucho y esto haya acabado pesando demasiado a la creatividad de los directores de la interesante Starry Eyes (2014). El subgénero sigue resucitando cíclicamente desde principios de siglo. Los muertos vivientes, otro baluarte en el cine de los 70, se resistieron a abandonar la pantalla durante los 80, pasando por la vía paródica de Thriller (1983), Re-animator (1985) o Return of the living Dead (1985), y fue precisamente en ese crepúsculo cuando apareció la primera película basada en Pet Sematary.
Ahora, en 2019, la historia se repite y reaparece el mismo relato en el fin de ciclo del zombie postapocalíptico según George Romero, que ha prevalecido durante casi dos décadas. La noticia de la cancelación de la secuela de World War Z (2013) de David Fincher es sintomática de que el monstruo colectivo ha perdido el favor del público. Sin embargo, la ola de adaptaciones de Stephen King habían dejado un hueco para una mirada más íntima al resucitado. Explorar los matices del dilema de la resurrección, añadiendo el factor familiar, es una idea poderosa y jugosa para explotar con una mirada al género basada en el drama.
Pet Sematay no deja de ser una variación del relato de W. W. Jacobs The Monkey Paw, que trata sobre una reliquia que concede deseos que no salen como se espera y que ya en la novela de King se hacía referencia directa. Ha habido todo tipo de adaptaciones de la misma, durante todas las épocas del cine, desde una versión olvidada de los 40 a reinterpretaciones apócrifas como la mexicana Espiritismo (1962), que la conectaba con los pactos diabólicos y el uso de la Ouija.
En The Monkey Paw, a retelling (1965), la infravalorada serie The Alfred Hitchcock’s Hour ofrecía una modernización del relato de Jacobs más modélica y sugerente. En la oscura Deathdream (1974), la visión del hijo resucitado se aplicaba a la América de Vietnam y sus veteranos, zombies dependientes que regresan peor que como fueron. Zeder (1983) otra de las joyas del gran Pupi Avati, se acercaba al texto proponiendo una idea paralela a la novela de King editada en ese mismo año, girando sobre un terreno que devuelve la vida a los cadáveres con un final, además, calcado en ambas.
Ahora, con una fecha de estreno que coincide casi exactamente con el 30 aniversario de la primera adaptación, la nueva Pet Sematary se presenta con un punto de partida idéntico al de la película de 1989. Sin embargo, los que hayan visto el tráiler sabrán que hay un cambio muy importante que para los autores pasa por un sencillo movimiento para tratar de alejarse de la anterior y dar un nuevo empuje a su visión. Frente a las críticas esperables por el fandom, las decisiones, sobre el papel, son hasta cierto punto comprensibles, dado el limitado rango de movimientos que ofrece un argumento tan simple.
Pero todo eso debe de dar igual cuando se trata de recrear un clásico. Todo el mundo había visto ya tres versiones previas de A Star is Born (2018) y sigue perdurando su atracción pese a no tener demasiados añadidos a su estructura. Cuando una obra no tiene ya valor en su trama —en este caso por conocimiento popular— para volver a adaptarla más vale apretar cada detalle para que volver a ver lo mismo sea una experiencia que merezca la pena por sí sola.
Pet Sematary empieza mal desde su campaña de marketing (tráilers, pósters) que revienta su primer cambio significativo. No habría ningún problema si el libreto tomara un tempo presto en llegar a ese punto, pero se toma su buena hora en la que, básicamente, pasa todo lo que conocemos de la historia con algunas modificaciones del orden. Sin embargo, en toda la revisión no hay nada que mejore la visión de Lambert de los mismos acontecimientos y personajes, pese a la inclusión de una pequeña procesión de niños que trata de ser creepy a cualquier costa y a la que no se vuelve, quedando como un detalle caprichoso, bastante absurdo, y muy alejado del tono dramático del conjunto.
Una vez comienza la parte en la que pasan cosas mejora algo, pero es uno de los clásicos too tittle, too late que hacen que la sensación general sea de aburrimiento alterno. Son casos como Pet Sematary es en donde más cuesta detectar qué impide en ella ser una de las grandes películas de terror de la temporada. Hay un presupuesto que se intuye bastante alto, no parece tener remilgos con la calificación por edades —los momentos gore, son bastante gore— y las interpretaciones están bastante bien, incluso hay música de Cristopher Young, que ya había trabajado en la adaptación de King The Dark Half (1993).
Sin embargo, ninguno de esos elementos brilla especialmente dentro de una matriz de puesta en escena desganada. Aunque ha cambiado el aspecto 16:9 de la primera versión al panorámico, sus encuadres no tienen profundidad y están captados una fotografía que a veces —ese slow motion amateur— hace daño a los ojos, algo que duele especialmente en la inane captación de atmósferas, en la que los decorados llenos de niebla del cementerio parecen sets rodados con el peor grano de vídeo digital posible. Incluso los planos nocturnos parecen una vuelta a la noche americana.
Todo esto no tendría mucha importancia si, por otra parte, ofreciera algo que equilibrara esa falta de visión gótica, necesaria para embellecer un poco el relato de una de las mejores novelas de Stephen King —ir más allá del aspecto de una de sus miniseries televisivas de sábado noche es condición irrenunciable—, pero ni siquiera en ese aspecto merece la pena resaltar nada. Sí, hay algunos pasajes del libro mejor retratados que la anterior versión, como la obsesión de Rachel por su hermana Zelda, pero el guion tampoco sabe muy bien a dónde llevarlo y queda como un recurso para hacer algunos de los jumpscares más facilones de la película. Y es que, aunque se presente como una cinta de terror seria, no renuncia a los llamados “sustos de gato” aquí llevados a su expresión más literal.
Las visiones de Zelda prometen más que dan, y si bien su aspecto es aterrador de por sí, es imposible no mentar las mucho más efectivas escenas de la de 1989. La parte en la que todo se vuelve más loco mejora algo pero no logra evitar llegar al ridículo en su plasmación casi caricaturesca de los asuntos de resurrecciones varias. Hay algunos detalles de humor negro que funcionan como una visión perversa de los temas macabros que trata, pero no llegan a hacerse verdaderamente con el tono y, en ocasiones, rozan el humor involuntario. No llega a acercarse al desastre, pero como espectáculo grand guignol de sangre y espiral de lógica trash, merece mucho más la pena la secuela de la propia Mary Lambert, un filme que, pese a lo que se recuerda de ella, tiene unas inquietudes visuales y actitud más interesantes que esta nueva versión.

Pet Sematary es una película competente, a ratos simpática, a ratos aburrida, con algunos guiños al kingverso (carteles de Derry) y a la versión anterior (esa llamada de Sheena), pero que nunca llega hasta el final en las novedades que propone. Esa mención al wendigo que se pierde en la bruma, ese Victor Pascow desdibujado, son señales de que el guion no ha sabido aprovechar los elementos icónicos de la obra para su beneficio y los ha acabado colocando casi por obligación, olvidando que el corazón de la obra es el temor constante, la presencia implacable de la tragedia y el terror saliendo de la dimensión psicológica de los personajes.
Hay un intento de hacer una obra de horror adulta, distinta a la media que llega desde los grandes estudios, pero no hay demasiado mimo, todo es demasiado automático, correcto pero sin mordida, como la elocuente versión del clásico tema de los Ramones de los créditos. Un clásico que resucita a destiempo, tan frío como las mascotas enterradas en el cementerio Micmac.








