La suspensión de la credibilidad en una película depende de detalles de escritura y de ciertos mínimos que no deben sobrepasarse. Muchos especialistas de cine aún tratan el cine de género como algo menor, como la eterna hamburguesa del MacDonalds, sin otros valores más allá del entretenimiento. El discurso de “hay que saber lo que se ve” es aplicable en muchas situaciones, no me pregunten por qué he visto más de diez veces Mil gritos tiene la noche (1982) o disfruto como un gorrino de la parte cuarta de la saga (1982) o disfruto como un gorrino de la parte cuarta de la saga Viernes 13. Soy el primero que va a defender las limitaciones de un cine caradura, gamberro, divertido y sanguinolento a pesar de ser despropósitos en apartados técnicos.

Pero en Los extraños: cacería nocturna hay algo que falla a otro nivel más básico. Podríamos esgrimir una docena de justificaciones para que en el cine de género las reacciones de los personajes sean poco creíbles y no le demos más importancia de la que tiene, pero todo depende del tono con el que un director afronte la descripción de esas situaciones. Si nos ponemos festivaleros desde el primer minuto, compraremos que el asesino reviva nueve veces y siga acosando a las víctimas sin brazo y quemado vivo. Pero cundo quieres plantear un slasher con el tono afilado y angustioso de la primera Los Extraños (The Strangers, 2008) hace falta un guion planteado con ciertos eslabones bien engrasados.
En la película de Johannes Roberts, director de la superior 47 Meters Down (2016), falla la coherencia no por una mala dirección, sino porque el guion y la puesta evitan una plausibilidad mínima para que lo que pasa en el marco del plano tenga una fluidez que permita adentrarse en algo tan simple como un clásico juego del gato y el ratón del asesino y las víctimas. Es difícil entrar en el jugo de la película cuando los personajes, constantemente ignoran lo que le rodea forzadamente, evitan una y otra vez huir, matar a los asesinos cuando tienen ocasión, agarrar un arma, tomar decisiones lógicas y sencillas o, simplemente, reaccionar con un mínimo de lucha cuando el asesino te está matando.
Si fuera un detalle, algún momento aislado, no tendría importancia, pero en Los Extraños: cacería nocturna es norma, y deriva en un irritante hábito que impide que sus buenos momentos funcionen como deberían. A esto hay que puntualizar algunos momentos extrañísimos de la interacción de los personajes, como esa conversación de sofá entre padre e hija que hasta logra poner incómodo. Si a ello añadimos la colección de actuaciones que van de lo anodino, como esa Christina Hendricks, que ofrece su presencia y poco más, a lo grotesco, como el padre interpretado por Martin Henderson como si fuera uno de sus héroes tuneros de los 2000, cuyo momento en el coche es digno de Tommy Wiseau.

Tampoco ayuda Bailee Madison, la final girl más improbable de la historia del slasher, que acaba siendo el hilo conductor del último y mejor tramo, lo importante de todo el conjunto que, en su particular homenaje a los slasher de los ochenta, verbaliza sus intenciones utilizando grandes temas de la época en la banda sonora. Para bien o para mal, esas escenas con música son lo mejor, destacando la de la piscina y el momento del túnel, pero a pesar de su voluntad recuperadora del género en su versión de hace tres décadas hay una contrición de su calificación R, evitando el uso de efectos especiales o asesinatos especialmente memorables. Hay buena voluntad técnica y dirección coloreada por la fotografía bien elegida, pero cuando el trabajo de libreto es tan vago y descuidado la sensación es algo frustrante, porque deja ver la buena película de terror que llevaba dentro (y que muchos fans siguen viendo). Es raro en Roberts que llegue incluso a aburrir en toda su primera mitad, a pesar de su corta duración, en un momento de género en el que la calidad media de lo estrenado en VOD está a un nivel muy notable, es una paradoja que no se esfuercen un poquito más en secuelas como esta.








