Había muchas ganas de encontrarnos con la secuela de Godzilla: Minus One (2023), una de las mejores películas de la historia del gran saurio nipón en la pantalla, pues aquella era capaz de sobrecoger y ubicar la narrativa habitual del cine de catástrofes a un entorno de guerra que hacía la mezcla algo fresco, oscuro y vibrante. Las primeras reacciones auguraban un espectáculo mayor, con efectos especiales duplicados y más de todo, pero lo cierto es que la sensación es de una entrega inferior, casi desastrosa en otro sentido.
Probablemente la pelea final sea una de las cimas del kaiju, pero llegar hasta allí es un acto de fe. Takashi Yamazaki parece no entender nada de lo que funcionaba en la anterior, repitiendo pocos de sus hallazgos y extendiendo la zozobra en un dramón de posguerra interminable y a veces casi insufrible, con una subtrama de venganza ridícula (y tramposa si has visto el tráiler) y un epílogo que cae en la comedia involuntaria de forma garrafal. Es duro tras una pieza tan brillante hace tres años, pero la sensación es de algo hecho sin reposar lo suficiente.
De sus erráticos 135 minutos, salvo el clímax, la escena de aviación es potente, pero los efectos de rayos de cierto coloso parecen remar en contra del «realismo histórico» que parecía buscar este reinicio. No ayuda ese hype desmesurado y artificioso para recibir la que resulta la gran decepción del otoño en el cine fantástico, para nada comparable a esa magistral primera entrega, que quizá debería haberse quedado en un capítulo único.
No es óbice de esta caída, pues ya en Shin Godzilla (2016) y Godzilla: Minus One (2023) se atisbaban detalles de un revanchismo nacionalista poco menos que alarmante, pero la idea final del dolor colectivo de aquellas, transformado en una bella metáfora de colaboración y el espíritu del monstruo como temor de la sociedad, pasa aquí a una ramplona cuasi-propaganda del neoconservadurismo del partido Jimint?. Acaso la señal definitiva de cómo Godzilla Minus Zero se hace una empanada mental seria a través de un revoltijo de ingredientes sin ton ni son.

Rescatando las trampas ingeniosas de la anterior y el contexto de los años cuarenta pero intentando introducir en él los conceptos más locos de la era Showa, rompe con la alegoría espiritual de las secuelas nucleares y las verbaliza de forma chabacana, rompiendo la idea de la ucronía del ataque a Ginza de la anterior con una reproducción histórica sin lírica ni fuerza. Mucho menos sentido posee la fantasía destructiva antioccidente que parece representar con cierta delectación a través de los delirios del doctor Murakami.
Interesante sí que resulta la inusual violencia de las escenas de acción, llegando a la representación puramente gore, tan sorprendente en un kaiju como frustrante por la sensación del «vale todo» que transmiten algunas de las nuevas atribuciones a las capacidades de Godzilla. También por ello convirtiéndose en un episodio de monstruos más, lo que se contrarresta con la «vuelta a los orígenes» de la anterior; la inteligente traslación del monstruo como elemento terrorífico y devastador pasa de nuevo a un heroísmo que no cuaja con el tono casi nihilista de esta nueva etapa.
El resultado es que hay más uso de efectos, menos terrenales y peor integrados que en la anterior, convirtiéndose en una especie de spin-off más del MonsterVerse que podría haberse titulado Monarch: Tokyo Origins. La vulgarización de algo extraordinario no es necesariamente mala en sus momentos de mayor adrenalina, pero estos no ofrecen demasiado que no se haya visto ya en secuelas como Godzilla: King of the Monsters (2019), que pecaba de muchos de los mismos problemas que esta.
Siguiente párrafo con SPOILERS:
Como en aquella, el monstruo a batir en esta ocasión por Godzilla es King Ghidorah, que resulta fascinante en todas sus apariciones, con una nueva trama de metamorfosis y regeneración que la hace casi imposible de matar; sin embargo, el introducir esa misma cualidad en Godzilla rechina, le resta heroísmo, pues entonces no hay unas reglas de juego que tengan consecuencias reales. Toda la presentación aérea es muy vertiginosa, pero los rayos magnéticos rompen la magia con una plasmación digital no muy afinada, aunque esto se compensa con la citada batalla climática en un Ginza devastado, la secuencia por la que merece pasar por todo lo demás.
(Fin de SPOILERS)
Tiene su gracia que se presente como rodada en IMAX y como gran evento para ver y escuchar en Dolby, cuando sus larguísimos 135 minutos están volcados en escenas de personajes dirimiendo lo que deben hacer por su país. Sí, el drama es necesario, y en la anterior estaba presente del primer al último fotograma, pero en su sencillez lograba transmitir la gravedad de las secuelas y el conflicto bélico/la catástrofe, además de tener una transformación del personaje principal que funciona.

En Godzilla Minus Zero los momentos dramáticos son más cercanos a la porno-miseria o la telenovela, sus personajes no se mueven de donde empiezan y la descripción de ciertos momentos de llanto se estiran de forma incomprensible hasta lograr la carcajada sin pretenderlo en momentos de afectación. Un histrionismo que no es ajeno al anime o al fantástico japonés, pero que aquí parece parodiarse a sí mismo.
Como en Godzilla: King of the Monsters, el disparo en el pie es tratar de dar más protagonismo a los humanos que a las criaturas, al menos no logrando el equilibrio adecuado entre ambos ni siquiera con una curiosa incorporación sci-fi de secuelas radioactivas en víctimas que juega con el body horror. Hay otras ocasiones en las que ni siquiera le sale aplicar la épica de las apariciones del coloso, como el desorientado (y anticlimático) momento elegido para usar el tema clásico de Akira Ifukube.
Pero el problema principal es un guion mal escrito, pobre, que no acaba de tener claro dónde plantar su ancla. Un desbarajuste que fascina en momentos puntuales, pero que finalmente hace algo que una película de monstruos gigantes nunca se puede permitir: ser aburrida. Que sí, que el cine de Godzilla trae de fábrica muchas de estas rutinas, pero hay kaijus mejores, peores, gloriosos o tediosos.
A Godzilla Minus Zero no le ha tocado ser de los especialmente brillantes a pesar de ser de los más caros hechos bajo el sello Toho, y queda en una zona tirando a media baja en el total de las casi 40 películas del icono japonés hechas hasta el momento. Quizá sea el momento de dejar dormir al coloso durante otra década, a ambos lados del océano, para que llegado el momento pueda volver a resurgir con tanta fuerza como en Godzilla: Minus One.
Sinopsis
La guerra dejó a Japón en la ruina, y Godzilla lo sumió en una situación aún peor. Han pasado dos años desde entonces, y el país ha librado una lucha ardua por recuperarse y finalmente retomar su vida cotidiana. Justo cuando la humanidad lograba aferrarse a una paz duramente conquistada, una nueva amenaza irrumpe, aplastando la esperanza en un instante.













