El cine de terror mexicano está teniendo un pequeño resurgir como el japonés y nos estamos encontrando películas muy interesantes, y además de No me sigas, la apuesta de Blumhouse por el terror local, esta Tormento mantiene ciertas pautas de cine de terror sencillo y bajo presupuesto que se viene haciendo en el país, manteniendo la alta carga de lección moral que suele tener su tradición católica. En este caso, la película cuenta con Natalia Solían, lo que nos conecta directamente con las impresiones de Huesera (2022), aunque esta sea más convencional. Sin embargo, el director Olallo Rubio sigue los pasos de Michelle García Cervera en su ojo para llevar los terrores salidos de EEUU a un terreno algo más subversivo sin abandonar el terror clásico sencillo, hecho con cuatro con cuatro escenarios y una sola actriz. Lo interesante aquí es que, tomando la típica estructura de película de vigilante de seguridad nocturno, como podía ser The Possession of Hannah Grace (2018), Last Shift (2014) o Malum (2023), no aporta nada diferente, sino que va incluso a un terreno más minimalista y psicológico, evitando convertirse en un gran espectáculo de demonios y sectas.
Como su propio nombre indica, su objetivo es retratar el tormento mental de culpa de una chica que ha cometido un delito y tiene que pasar la noche lidiando con su remordimiento en un depósito de cadáveres. Es cierto que ya hay demasiadas historias de este estilo, pero esta tiene algo especial por dos razones: la primera, Solián. La actriz lleva todo el peso de la cinta aprovechando una dualidad interesante entre su fortaleza, un físico de bailarina, y facciones duras, con su mirada vulnerable, dañada, que transmite vulnerabilidad y las cargas que trae previamente. El segundo elemento es la inusual categoría en su puesta en escena. No solo tiene una buena fotografía, con los claroscuros y tenebrismo requerido para una película de terror de este estilo, sino que además aprovecha su trabajo con las lentes anamórficas al límite para fabricar una orfebrería del delineado en el plano.
Su capacidad para dibujar puntos de fuga nítidos durante cada escena es inagotable, sin efectos especiales o grandes elementos de dirección de arte. Su juego de rectas paralelas, y ángulos armoniosos destaca por una pulcritud tremenda para los movimientos de cámara, para ayudar a que unas líneas acompañen a otras y las perspectivas resulten apolíneas que de tal manera que esa encrucijada de renglones se convierte en la identidad de este tormento. Y aunque pueda resultar simple o imperceptible, cada elemento está colocado estratégicamente en el plano, bien dibujado con escuadra y cartabón, no para lograr una simetría típica de Wes Anderson o que los planos sean bonitos, sino para acompañar a la historia. Los trazos van encerrando a la protagonista en una cárcel virtual de tal forma que puedes dejar de estar pendiente de la historia y seguir cómo el montaje crea un movimiento de esas líneas, desarrollando un lenguaje hipnótico en el que te puedes fijar solo en cómo se van moviendo los espacios de un plano respecto a otro, de forma que también agobia y perturba.
También sirve para hacer más memorables las pequeñas apariciones, que irrumpen para alterar esa rima visual. Un trabajo de dirección muy logrado que hace pensar hay una voz que, como Michelle Garza, tiene mucho que ofrecer en el futuro. Quizá la parte final se queda un poco coja y no lleva su crescendo hasta sus últimas consecuencias, pero es coherente con el castigo psicológico a un nivel circular de pesadilla, que es casi un subgénero. Puede que hubiera encajado mejor como pequeño episodio de la hora marcada o segmento para la serie Creepshow pero sus 75 minutos sin créditos llevan todo al máximo e invitan a revisarla y aunque no parezca que cambie el mundo sí que es uno de los más dignos ejemplos de la morgue como un espacio infernal en el que te puedes perder.
Sinopsis
Una guardia de seguridad agotada es destinada a un depósito de cadáveres y, en su primera noche allí, descubre que las sombras y los silencios esconden un tormento del que quizá no haya vuelta atrás.








