Un sólido cuento de hadas de la suburbia contado en una ambiciosa pero vacua estructura desordenada, aunque más satisfactoria que la de Barbarian (2023). Más comedia de terror que misterio inquietante, su alocado tramo final merece la pena, pero se podría haber disfrutado más rebajando el hype cocido durante un año de expectativas fuera de la realidad. Lo cierto es que sí, es una buena película de terror que certifica la fuerza del género en cines, porque Zach Cregger dirige muy bien y hay una voluntad por crear enigmas que se sostienen en su metraje, haciendo de ella la típica peli de la que es mejor saber lo mínimo de ella, y en cuanto hay algo demasiado claro en pantalla se rompe un poco la gracia de lo que propone, lo que hace que se mantenga en esa indefinición de forma algo forzada.
Como su anterior obra, Cregger pierde tiempo jugando al despiste, aunque dentro de su artimaña de desorientación del espectador, sí que consigue que las piezas encajen con más naturalidad al final. Dividida en distintos capítulos, la trama viene y va según el punto de vista de cada personaje, completando un misterio que los fans del cine de terror un poco atentos pueden ir adivinando con pistas quizá demasiado obvias, construyendo un mosaico curioso, pero bastante más predecible de lo esperado. Aunque sea más culpa del marketing viral que de la película, el juego con el misterio inicial, los niños desaparecidos, la hora concreta, los vídeos de cámaras de seguridad, las texturas granuladas evocan una integración de imaginería creepypasta cercana al analog horror que no se acaba realizando. En su lugar hay una trama relajada, paciente y sin prisas por mostrar sus cartas que reivindica una forma de contar cine de terror inusual, apreciable por su voluntad de integrar la sintaxis de thriller «respetable» y bien contado en un planteamiento sobrenatural más o menos transitado en estos años.
Hay un peaje en su encomiable propuesta, y es que en su segmentación por personajes hay reseteos del interés en el enigma, vueltas sobre los detalles de la vida de cada uno de ellos que en su encuentro final se revelan absolutamente superfluos, paja para marear la perdiz que descuida el terror. Pero, aunque escasas, tampoco falta alguna escena de miedo, dentro de pesadillas, o pellizcos de lo que está por venir, y aunque tira algún susto facilón por el camino, su enfoque acaba siendo más cercano al splatstick de Sam Raimi, aunque cueste imaginar algo así en su acercamiento al género inicial. Lo más interesante del conjunto es su actualización de ciertas historias infantiles para la época post pandemia en los barrios residenciales, radiando ecos de El Flautista De Hamelin (1300~) y otros, con la mirada cínica del miedo al vecino de la casa de al lado de The Burbs (1989). Aunque Zach Cregger mencionó Magnolia (1999) como referente principal, Weapons bebe de muchas películas populares, algunas que a priori no tienen mucho que ver con lo que transmite su primera mitad. Pero pueden verse trazas claras al final, sobre todo, de Drag Me To Hell (2009) o Halloween III (1982).
Sigue Weapons una tendencia de reflejo siniestro de los suburbios de Norteamérica, explorando su discontinuidad segmentada y el aislamiento humano, que encuentra sus mejores momentos en su retrato nocturno, como Hereditary o It Follows, muy influenciado por la fotografía de Gregory Crewdson. En su dibujo de esos barrios, con secretos en la casa del vecino a lo People Under The Stairs (1991), venganzas y ogros como No More Mr Nice Guy (1988) de Freddy’s Nightmares, la pesadilla tras lo idílico de Parents (1989), o un misterio similar en las antípodas como Picnic At Hanging Rock (1975), quedan impresas ideas más mundanas, las visitas a la tienda 24 h, el bar nocturno, de miserias y rutinas de una sociedad en piloto automático. Pero más allá del fresco, no hay tampoco conexiones de ese desarrollo con las ideas sugeridas más adelante, ni con la resolución, haciendo que se traten de enmendar demasiadas cosas en muy poco tiempo. Esto no significa que no se mantenga siempre entretenida e interesante, rascando en la impaciencia más que en el misterio, pero con cierta gracia y cuadrando bien sus conexiones. Lo interesante es que es más ligera de lo que se puede esperar, y lo es a través de la comedia de personajes, que va sembrando un sendero que lleva a su chiflado final, que provocó tantas carcajadas como división entre el público.
Sinopsis
Cuando todos los alumnos de una misma clase, salvo uno, desaparecen misteriosamente la misma noche y exactamente a la misma hora, la pequeña ciudad donde viven se pregunta quién o qué está detrás de su desaparición.








