No solo es la mejor película de lo que llevamos de año, sino que está destinada a convertirse en un clásico del género. Un híbrido imposible de terror, musical y weird western noire que reimagina From Dusk Till Dawn (1996) como si la hubiera dirigido Baz Luhrmann. Épica. Ryan Coogler sigue su tendencia a exponer las raíces ancestrales afroamericanas vista en Black Panther en una ópera-blues sobre el origen de la música negra y su depredación por el mainstream blanco. Sinners puede ser la primera gran sátira sobre la apropiación cultural a través del cine de vampiros.
Coogler comienza sentando las bases de su western con una primera mitad de world building en el sur segregado de Jim Crow, pero conforme escala el terror, sube el volumen de la blaxploitation pura y se desparrama sin reglas, con una escenificación casi coreografiada al ritmo, lanzándose al vacío. Su arrojo (y duración) también deja por el camino pequeñas descompensaciones de estructura y algún recurso evitable, como puntuales flashbacks innecesarios de montaje anacrónico, pero el baño en el exceso puro lo sobrecompensa, desde las fugas de afrosurrealismo a la sensualidad sucia y omnipresente.
Cuando se suelta, la combinación de géneros transita y salta sin pudor entre uno y otro, del western al cine gangsta hasta la acción violenta y el horror clásico. Su presupuesto generoso de 90 millones le permite lucir como una superproduccion sin renunciar al gore y los chorros de sangre exagerados. Aunque el elemento clave de Sinners es su música, no solo la intradiegética, llena de canciones y buena música blues, soul e irlandesa, sino su banda sonora original de Ludwig Göransson, sorprendente y llena de groove, crea un ritual escénico con las imágenes único en su especie.
Pero, pese a su popurrí de ideas y tonos, Sinners consigue caer de pie gracias a sus firmes raíces en el terror, sin esconder su estructura deudora de From Dusk Till Dawn 3 (1999) y sus tenebrosos vampiros, primos hermanos de los de Salem’s Lot (1979), de la que también bebe parte de su desarrollo. También hay una pizca de la actitud del John Carpenter más juguetón en el gumbo, con el clásico set up de encierro con amenaza externa, y escenas inspiradas en la paranoia de The Thing (1982). Obviamente, es imposible no captar una conexión familiar con el western con no muertos de Vampires (1998). Los vampiros de Nueva Orleans de Anne Rice se intuyen en el trasfondo mágico de ese sur definido por el imaginario negro de la era de la depresión.
En Sinners conviven la postguerra mundial, Al Capone, el KKK, el vudú, la inmigración y la microeconomía de los campos de algodón. Hay también un punto juguetón de un tipo de combinación de terror y acción que no abunda en la gran pantalla: recuerda a las películas que hizo Tales From the Crypt en los 90, como Demon Knight (1995), que tenía la energía blaxploit de Ernest R. Dickerson y, por proximidad, Bordello of Blood (1996). Recoge y amplifica una larga tradición del terror blaxploitation con vampiros afroamericanos, también este año cn Resurrection Road con títulos como Scream, Blacula, Scream (1973) hasta Vamp (1986), que era en sí misma un precedente de From Dusk Till Dawn (1996), con Grace Jones en modo Satánico Pandemonium.
Sinners también comparte la energía de otras blaxploitation no de terror como Sweet Sweetback’s Baadasssss Song (1971) de Melvin Van Peebles, y el western de su hijo, Posse (1993); también fantasías del oeste de Fred Williamson, como Joshua (1976), y por supuesto, el flow de Django: Unchained (2012). Participa en la subcategoría del weird western con vampiros, que parte de Curse of the Undead (1959) y tiene continuidad en títulos como la mexicana El Charro de las Calaveras (1965), Billy the Kid Vs. Dracula (1966) o la divertida Sundown: The Vampire in Retreat (1989).
Además, cuenta con un reparto espectacular: Michael B. Jordan molando por partida doble, Hailee Steinfeld más hipnótica que nunca, un Jack O’Connell terrorífico, Wunmi Mosaku mística, la voz de Miles Caton es de las que golpea en el pecho, Delroy Lindo está espectacular… es, en definitiva, una obra única de las que solo ocurren cada mucho tiempo, la metamorfosis perfecta de Moulin Rouge! (2001), Dance of the Vampires (1967) y el capítulo del Black Spot de It de Stephen King en un blockbuster sangriento, lleno de tiros de activismo racial post Jordan Peele.
Sinopsis
Tratando de dejar atrás sus problemáticas vidas, dos hermanos gemelos regresan a su pueblo natal para empezar de nuevo, solo para descubrir que un mal aún mayor les espera para darles la bienvenida.








