Tormenta perfecta de persecuciones a toda hostia, armas, sangre y monstruos ultra letales del director de The Wailing (2016), volviendo a retratar el costumbrismo de la Corea rural a través del terror. Una Tremors (1990) hipervitaminada a escala inaudita, sus escenas de acción son vertiginosas y sin precedentes en el género. Tanto que podría haber sido un cambio de paradigma como fue The Host (2006) hace 20 años, solo que decide cortar en seco en lo mejor, añadiendo a su coitus interruptus un bloque de lore innecesario y a destiempo. Con todo, una experiencia de ver para creer, especialmente su prólogo de una hora completa, un chute de adrenalina monumental.
Sin embargo, la idea de que tras esa primera hora la película se «desinfla» es una falacia. La historia como tal empieza tras esa introducción inusualmente larga, y se desarrolla con el mismo sólido estilo habitual de los policiacos de Na Hong-jin, con tono de weird western lleno de humor absurdo, aunque pronto vuelve a su estado natural de caos y revoluciones, y secuencias de acción, terror y sangre tan potentes como las del principio.
Su clímax es muy difuso porque su filosofía de «mucho más es más» también consume tiempo en su dilatación temporal de cada escena, lo que hace que resulte tan generosa en la experiencia como despreocupada por la historia, tanto que cuando toca ir cerrando hilos se le hace tarde y decide acumular otro punto de vista con miras, quizá, a seguir su historia, aunque la sensación tras ese viaje espídico de pólvora y neumáticos quemados es de hambre de mucho más.
Pero como se suele decir, «lo importante es el viaje» y en Hope este, si se analiza fríamente, es uno absolutamente atómico en su despliegue de cine urgente, casi circense y tan gratuito como perseverante en su búsqueda del asombro. Logra despeinar fuera de la pantalla gracias a una aproximación física a cada pequeña escena, siempre en movimiento, haciendo fácil lo imposible, o al menos lo que ya es tristemente inusual en un Hollywood que olvidó el arte del cine de acción tangible por las pantallas verdes y bóvedas de LED.
Aquí la cámara sigue, persigue y se estampa con los personajes, los disparos retumban y la creatividad secuencial hacen comprender las comparaciones con Mad Max: Fury Road, no tanto por la escala como por su aproximación suicida a la velocidad y el destrozo. En realidad Hong-jin toma premisas del kaiju eiga y las reescala en un planteamiento afín al del prólogo de A Quiet Place Ii (2020), pero se deshace de la red de seguridad de Hollywood y se permite el gore, la violencia y los monstruos weird, codificados con el mismo sentido de la evasión de un gran blockbuster.
Hope tiene una impronta que nos lleva a la inmediatez de gran escala del cine bélico mezclado con fantástico desde un punto de vista muy pegado a los protagonistas y durante tramos de supervivencia casi en tiempo real, visto por ejemplo en Battle: Los Ángeles (2011) o incluso en District 9 (2009). También bebe de variaciones manga «post kaiju» como Attack On Titan (2015) y sus adaptaciones live action o la integración naturalista del desastre y rastro provocado por criaturas nada realistas, tan afín a Gareth Edwards, en especial su Monsters (2010).
La saturación de pólvora caliente y casquillos, la constante liberación de endorfinas, enmascaran la verdadera carencia de objetivos narrativos y los personajes que no evolucionan, pero hasta cierto punto parece una pieza experimental, con más que ver con la lógica de un anime que un largometraje tradicional. Por ello su capacidad de maravillar se toca a veces con el ridículo, con efectos y diseños en ocasiones mejorables (aunque la versión final del film está más pulida), pero que añaden a la experiencia de constante reinvención, la sensación de que la película se va escribiendo sobre la marcha. La consecuencia es que nunca deja de sorprender aunque el cierre deje con ganas de más.
Sinopsis
Tras un extraño hallazgo cerca de una aislada ciudad portuaria, los habitantes se ven envueltos en una desesperada lucha por la supervivencia.













