Se estrena en España Colony (2026) tras su paso por el festival de Sitges, aparecida directamente en Movistar Plus+ bajo el título de «Zona Zero». Acción zombie sin descanso que aprovecha ideas de nueva carne y amalgama de cuerpos para darle una vuelta a los hallazgos de Train to Busan (2016), aunque Yeon Sang-ho no la ubique en el mismo universo. Diez años después de colarse en la sección Midnight de Cannes con aquel tren de infectados, el director coreano ha vuelto por la misma puerta con su cuarta película del subgénero, aunque sin pasar por salas, lo que casa bastante con su acabado, pese a lo que da de sí como entretenimiento puro y duro.
Yeon, especialista en animación bastante oscura, como The King of Pigs (2011) y The Fake (2013), saltó a los muertos vivientes en programa doble en 2016, con la animada Seoul Station como precuela del fenómeno que cambió el cine coreano. Cuatro años después llegó Peninsula (2020), secuela en el mismo universo que sustituía los vagones por una Corea abandonada y en ruinas, y Netflix le dio cuerda después con series bastante olvidables como Hellbound (2021) o Parasyte: The Grey (2024). Colony es su primera película de zombies fuera de su saga, y también la primera cuyo título nombra a un colectivo en vez de a un lugar, lo que ya da una pista de por dónde van los tiros.
La premisa presenta un virus que muta a toda velocidad y se escapa durante un congreso de biotecnología, obligando a sellar un rascacielos del centro de Seúl, con un centro comercial en sus plantas bajas y un puñado de supervivientes atrapados piso a piso. Al frente está Jun Ji-hyun, que ya había tanteado a los infectados en Kingdom: Ashin of the North (2021), y le acompañan Ji Chang-wook, Shin Hyun-been, Kim Shin-rok, Go Soo y un Koo Kyo-hwan que repite con Yeon después de ser el capitán Seo, uno de los cabecillas tarados de la Unidad 631 de Peninsula.
En Corea ha sido la película de 2026 que más rápido ha llegado al millón y a los dos millones de espectadores, y llama la atención, porque hay un evidente bajón en acabado, con una música terrible, que parece sacada de un catálogo de biblioteca, y un montaje que parece hecho a toda prisa, como si su meta final fuera acabar en streaming. La puesta en escena se subordina a menudo a la urgencia del ritmo, con planos que se encadenan sin demasiado mimo por la composición, y la película queda como un primo menos logrado de títulos previos del director, con un puñado de viejos trucos del género pasados por la batidora y servidos sin mucho reposo.

Pero esos detalles no la hacen menos entretenida, pues el flujo de información alcanza una velocidad con reglas que cambian cada pocos minutos, pasando de infectados tambaleantes o despistados a criaturas que escuchan, se comunican y coordinan sus ataques. Yeon intenta concebir así un “nuevo” tipo de infectado social colectivo con etología de termitas u hormigas, una colonia literal que se retroalimenta para cazar a los que aún se aferran a su libertad individual, con ecos de la inteligencia de enjambre de Phase IV (1974) o de la red fúngica de The Last of Us (2023). El propio Yeon ha contado que partió de los miedos actuales de la sociedad, la inteligencia artificial entre ellos, y la colmena tiene algo de algoritmo con hambre; uhm, un poco por los pelos.
En el fondo no deja de ser una especie de variante de los de World War Z (2013), cuyas pirámides de cuerpos trepando las murallas de Jerusalén ya apuntaban a una masa que actúa como un solo, efectivamente como algunas hormigas de la selva, pero a través de un pringue blanco que sustituye la decepcionante carencia de excesos splatter. El gore es bastante comedido, aunque pocas películas de zombies han sido tan pegajosas, y la amalgama de cuerpos, con contorsionistas de carne y hueso y muy poco CGI, tira más hacia las fusiones de Society (1989), de Brian Yuzna —¿la película que más está influyendo esta década?—, que hacia el muerto romeriano.
Eso sí, estas amalgamas tienen parientes cercanos, como el Walker King de la primera temporada de The Walking Dead: Dead City (2023), un monstruo cojonudo hecho de caminantes enredados unos dentro de otros, o la propia Peninsula, donde en la escena de los gladiadores los muertos ya se apelotonaban hasta formar figuras. Un circo romano que ya anticipaba parte de Colony y que recuerda lo infravalorada que está esa aventura en una Corea abandonada, con persecuciones nocturnas, y señuelos de bengalas, fuegos artificiales y coches teledirigidos para arrastrar a las hordas de un lado a otro, manejándolas como piezas, justo lo que aquí se recupera.

Si Peninsula era su Land of the Dead (2005), esta toma buena nota del Dawn of the Dead (1978) original de Romero. No solo porque la parte baja de un gran edificio tenga un centro comercial, influencia que el propio Yeon ha reconocido, sino porque no tarda en introducir un juego de “pastoreo” y engaño a los infectados con olores, desvíandolos de planta a planta con argucias que convierten el rascacielos en un tablero, como los SWAT a los redivivos del Monroeville. También hay acción física y coreografías muy trabajadas, con un ejército de especialistas que dan a los infectados una plasticidad de pesadilla, retorciéndose por pasillos, atrios y huecos de escalera.
La verticalidad del edificio la acerca a una The Raid (2011) de infectados que hay que superar planta a planta, controlada por el congreso biotecnológico de turno, que huele a Umbrella, sacando partido a la variedad de espacios de la torre, de lo diáfano a lo claustrofóbico. Al lado de Train to Busan, Colony parece una obra menor, la clásica tercera entrega de videoclub de los 2000 de un éxito en salas. El montaje caótico delata las prisas, pero es suficientemente digna para haber formado parte de la saga sin desentonar, con su colmena de cuerpos pringosos y brío en la narración que, diez años y cuatro películas de zombies después, posicionan a Yeon como el nombre propio del subgénero en Corea.
Sinopsis
El profesor Se-jeong es arrojado a una pesadilla cuando un virus en rápida mutación se libera durante una conferencia de biotecnología, lo que lleva a las autoridades a sellar las instalaciones. Atrapado dentro sin escapatoria, Se-jeong, junto a un pequeño grupo de supervivientes, debe luchar por mantenerse con vida mientras los infectados sufren transformaciones horribles.













