En los años 60 surgió una tendencia que rescataba a grandes actrices, otrora estrellas del sistema de estudios que ya nadie quería ver, para protagonizar pequeñas películas siniestras que sacaban el lado grotesco de su vejez; una tendencia de gran cine de terror que ahora regresa con actores legendarios y un concepto inquietante.
¿Qué pasa si un psicópata anciano aterroriza al resto de residentes de un asilo? Pues que logra dar una excelente muestra de la reciente tendencia de horror geriátrico, algo diferente de esta y con cierto parecido a la infame hagsploitation de Whatever Happened To Baby Jane? (1962), en cuanto al retorcido juego de fuerzas que plantea. Con razón ha entusiasmado a Stephen King, ya que parece la adaptación apócrifa de alguno de sus relatos.
Un duelo artrítico en el asilo que parece una Bubba Ho-Tep (2005) en clave realista, donde en vez de una momia hay un terrorífico John Lithgow que acosa a un juez ingresado con un ictus (Geoffrey Rush) junto a la gran estrella de la película: una marioneta creepy de una muñeca sin ojos llamada Jenny Pen. Lithgow acaba firmando otro de sus memorables villanos, un bully ya anciano cuyo objetivo vital es hacer la vida imposible a sus compañeros, a los que amenaza con un títere y tiene secuestrados en silencio con «La Ley de Jenny Pen», bajo la ignorancia o inacción de los encargados.
Una propuesta bastante original que, en una lectura rápida, podría adscribirse al thriller, pero que se permite distintas escenas de horror puro, tanto en su composición visual como en la intención última, quizá recordando a la tortura psicológica de Annie Wilkes en Misery (1990). Es en los momentos nocturnos y oníricos en donde la idea de Jenny Pen se transforma en una amenaza representada por temores mediante una iconografía expresionista, que no hace ascos al imaginario de los miedos sobrenaturales, aunque la narración marque con claridad el límite.
Una representación que juega con la plasmación figurada de los terrores nocturnos, una herramienta para meternos en la mente del juez y apreciar la indefensión que puede sufrir un anciano, reflejando el propio miedo a la pérdida de autonomía y la angustia, no tanto el pavor. Un status quo perverso que se mueve a la velocidad de un taca-taca; su ritmo interno se acomoda a la parsimonia del día a día en la residencia, lo que hace que la impotencia del juez se haga agónica y el tormento de los abuelos insoportable, viviendo en la fantasía de poder de Dave.
Sinopsis
Confinado en una apartada residencia de ancianos y atrapado en su cuerpo, que ha sufrido un derrame cerebral, un ex juez debe detener a un anciano psicópata que emplea a una marioneta infantil para abusar de los residentes de la residencia con consecuencias mortales.








